Europa pasó demasiados años convencida de que el bienestar era irreversible. Era lógico pensarlo. Todo funcionaba razonablemente bien. Los supermercados estaban llenos, los vuelos low cost permitían ir a cualquier ciudad europea por menos dinero del que antes costaba pasar un fin de semana en Salou y las clases medias occidentales vivían rodeadas de una comodidad material que habría parecido directamente pornográfica para sus abuelos. Durante un tiempo, el continente entero se acostumbró a la idea de que la Historia había terminado y de que lo único verdaderamente importante consistía en gestionar correctamente la calefacción, reciclar vidrio y discutir sobre emociones en programas de radio pública.

Fukuyama escribió aquello del “fin de la Historia” y muchísima gente, aunque jamás hubiese leído una sola página suya, empezó a vivir exactamente como si fuese cierto. Ya no había enemigos reales. Las guerras ocurrían lejos, normalmente en países que los europeos solo sabían situar en el mapa cuando había una crisis migratoria o un atentado especialmente aparatoso. Las fronteras parecían una antigualla mental y las sociedades occidentales empezaron a desarrollar esa psicología blanda que aparece siempre que una civilización lleva demasiado tiempo sin sufrir una desgracia seria.

Fue entonces cuando empezó a aparecer algo bastante más profundo que una simple revisión crítica del pasado. Europa comenzó a sentir una incomodidad creciente hacia sí misma. Una mezcla rara de culpa, agotamiento y superioridad moral. Su propia historia dejó de explicarse como la historia contradictoria de una civilización capaz de producir universidades, catedrales, genocidios, ciencia moderna, colonialismo, literatura, campos de exterminio, medicina y filosofía —como cualquier civilización importante— para convertirse casi exclusivamente en un catálogo de abusos históricos cuidadosamente seleccionado por gente que suele cobrar un sueldo público bastante razonable.

Una sociedad puede convivir perfectamente con la culpa. Lo que no soporta demasiado tiempo es el desprecio hacia sí misma.

Las universidades empezaron a llenarse poco a poco de especialistas en sospechar. Sospechar del lenguaje, de la masculinidad, de la familia, de las fronteras, de la belleza, de la autoridad y prácticamente de cualquier cosa que hubiese conseguido sobrevivir más de dos generaciones seguidas. Era además un trabajo cómodo. Mucho más cómodo que descargar camiones, abrir una pequeña empresa o intentar mantener un matrimonio estable después de quince años compartiendo hipoteca, cansancio y cenas familiares.

Foucault enseñó a varias generaciones que detrás de la verdad siempre había relaciones de poder. Derrida convirtió el significado en una superficie resbaladiza donde toda certeza ocultaba algún tipo de dominación. Deleuze transformó el movimiento perpetuo, el deseo y la disolución de las estructuras en una especie de horizonte moral bastante compatible, curiosamente, con el capitalismo contemporáneo. Eran filósofos inteligentes. Muchísimo más inteligentes, de hecho, que la legión de pedagogos emocionales, consultores de diversidad y gestores culturales que vino después. El problema nunca estuvo realmente en leerlos. El problema apareció cuando toda aquella filosofía abandonó los seminarios universitarios franceses y empezó a mezclarse con el clima moral americano.

Los estadounidenses hicieron entonces lo que suelen hacer con casi todo: convertir una teoría sofisticada en una industria gigantesca. Mezclaron filosofía francesa, puritanismo protestante, trauma racial, cultura terapéutica y capitalismo corporativo. Y de ahí salió esa atmósfera moral un poco histérica que hoy impregna universidades, departamentos de recursos humanos, periódicos progresistas y conversaciones de gente que utiliza palabras como “espacio seguro” mientras consume ansiolíticos y pide comida basura a domicilio desde una aplicación diseñada por multimillonarios californianos.

Mientras tanto, fuera de Occidente, la historia seguía avanzando con una lógica bastante menos sofisticada y bastante más eficaz. China levantaba puertos, trenes y fábricas gigantescas. Corea del Sur construía industrias tecnológicas punteras. Israel invertía en defensa, natalidad y tecnología militar. Incluso Silicon Valley, detrás de toda su estética juvenil y progresista, seguía funcionando alrededor de ideas bastante antiguas: competencia, jerarquía, ambición y poder. Ninguna civilización importante ha sobrevivido jamás organizándose alrededor de talleres sobre gestión emocional impartidos por personas incapaces de cambiar una rueda.

Europa, en cambio, parecía cada vez más concentrada en reinterpretarse indefinidamente a sí misma. Había ciudades donde resultaba más fácil encontrar un terapeuta especializado en ansiedad climática que un fontanero. Y probablemente eso explica bastante bien el momento histórico en el que vivimos.

Durante décadas, Occidente produjo generaciones enteras brillantemente entrenadas para sospechar de todo y extraordinariamente incapaces de construir nada.

Houellebecq entendió bastante pronto hacia dónde conducía todo aquello. Por eso sus novelas siguen molestando tanto. No por las provocaciones sexuales, ni por el cinismo, ni siquiera por la tristeza. Molestan porque reconocemos algo. Sus personajes son profesores universitarios deprimidos, funcionarios cansados, hombres divorciados que comen platos preparados delante del ordenador y parejas que continúan juntas únicamente porque separarse resultaría agotador administrativamente. Arquetipos europeos contemporáneos que follan poco, creen en muy pocas cosas, consumen ansiolíticos y se mueven por aeropuertos, oficinas y apartamentos idénticos con una tristeza difícil de ocultar. Gente rodeada de bienestar material, libertad individual y posibilidades infinitas que, aun así, se mueve por el mundo con una tristeza difícil de ocultar y con la sensación persistente de que la vida contemporánea se parece cada vez más a una sala VIP de aeropuerto: cómoda, limpia, climatizada y completamente impersonal.

Christopher Lasch escribió algo parecido cuando hablaba de la cultura del narcisismo. Pasolini también intuyó que la sociedad de consumo destruiría las viejas identidades populares mucho más eficazmente que cualquier régimen autoritario. Y Ratzinger llevaba años advirtiendo de que Europa empezaba a relacionarse con su propia historia desde una mezcla bastante peligrosa de relativismo, culpa y cansancio espiritual. El problema es que casi nadie escucha a un cardenal alemán mientras todavía puede reservar vuelos baratos a París desde el móvil.

Las civilizaciones no suelen derrumbarse de golpe. Antes se cansan de sí mismas. Pierden confianza. Empiezan a considerar sospechoso todo aquello que las había mantenido cohesionadas durante siglos: la transmisión cultural, la autoridad, la continuidad histórica, incluso la propia idea de verdad. Y cuando una civilización llega a ese punto, todavía puede seguir siendo rica, estable y aparentemente funcional durante bastante tiempo. Los trenes continúan llegando. Los restaurantes siguen llenos. Los aeropuertos también. La gente continúa viajando a Lisboa, Copenhague o Bali para hacerse fotografías prácticamente idénticas.

Europa sigue funcionando. Lo inquietante es que empieza a dar la impresión de hacerlo por pura inercia.

Si quieres leer más textos como este, puedes suscribirte.
No escribo mucho. Solo cuando hay algo que merece la pena.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *