Cada dos años sucede algo extraordinario. Millones de españoles que no han visto un partido de fútbol en meses, que serían incapaces de nombrar a cinco jugadores de Primera División y que no distinguen un fuera de juego de una declaración de Hacienda descubren de repente una pasión abrasadora por la selección española. Las calles se llenan de camisetas falsificadas compradas esa misma semana, las terrazas se transforman en improvisados templos patrióticos y personas que no han dedicado ni un solo minuto de su vida a seguir este deporte se comportan durante unos días como si hubieran crecido en La Masia o en cualquier otro lugar donde se supone que nacen los sentimientos futbolísticos auténticos.

Lo más curioso es que el fenómeno se repite con una regularidad casi científica. Son los mismos que fueron de Induráin cuando Induráin ganaba Tours, de Fernando Alonso cuando Fernando Alonso ganaba campeonatos del mundo y de Rafa Nadal cuando Rafa Nadal levantaba trofeos. Muchos de ellos no han vuelto a interesarse por el ciclismo, la Fórmula 1 o el tenis desde que aquellos deportistas dejaron de monopolizar las portadas. No son aficionados al deporte. Son aficionados a la victoria. Lo que buscan no es la competición ni la belleza del juego. Buscan la agradable sensación de formar parte del bando ganador sin necesidad de haber realizado el más mínimo esfuerzo para conseguirlo.

Durante siglos las identidades colectivas exigían sacrificios, lealtades duraderas e incluso ciertas incomodidades. Uno pertenecía a una comunidad porque había nacido en ella, porque compartía una historia o porque estaba dispuesto a asumir determinados costes en su defensa. Hoy las identidades funcionan de otra manera. Se consumen. Se utilizan durante unas horas. Se exhiben mientras proporcionan placer y se guardan en un cajón cuando dejan de resultar útiles. La selección española encaja perfectamente en esa lógica. Permite experimentar una forma de patriotismo instantáneo, emocional y completamente desprovisto de obligaciones.

Por eso siempre me han resultado más interesantes los aficionados de club que los aficionados de selección. El socio que acompaña a su equipo durante una temporada desastrosa, que se desplaza a territorios hostiles, que se traga partidos infames en una tarde de enero y que conoce la historia del club y la alineación titular aunque el equipo ocupe la mitad baja de la clasificación, al menos está demostrando una cierta fidelidad. Hay una relación real entre él y aquello que dice amar. El aficionado ocasional de la selección funciona de otra manera. Aparece cuando llegan las victorias, desaparece cuando termina el torneo y vuelve a manifestarse en la siguiente competición internacional con la puntualidad de una campaña publicitaria.

Quizá por eso el patriotismo futbolístico siempre me ha parecido sospechosamente parecido a las promociones de los supermercados. Durante unas semanas todo se llena de banderas, de anuncios, de canciones y de emociones prefabricadas. Después el país vuelve a su estado habitual. Las camisetas regresan al armario, las conversaciones cambian de tema y la patria queda suspendida hasta nuevo aviso.

La pregunta realmente interesante es por qué tanta gente parece necesitar una competición deportiva para recordar que supuestamente forma parte de una nación.

Existe una diferencia considerable entre amar un deporte y disfrutar de una victoria. La primera exige tiempo, atención y una cierta capacidad para soportar el aburrimiento. La segunda únicamente requiere aparecer cuando el resultado ya es favorable. Por eso nunca he creído demasiado en el entusiasmo deportivo de una parte importante de los seguidores de la selección española. No porque mientan deliberadamente, sino porque lo que les atrae no es el fútbol. Les atrae la sensación de pertenecer durante unas horas al grupo de los vencedores.

Todas las sociedades producen oportunistas emocionales. Lo que ocurre es que aquí el fenómeno adquiere una dimensión casi entrañable. Hay personas que pasan once meses y medio completamente alejadas del fútbol y que, de repente, durante unas semanas viven convencidas de que forman parte de una comunidad deportiva que, en realidad, les resulta completamente ajena. Cuando termina el torneo desaparecen con la misma rapidez con la que llegaron. No dejan rastro. No continúan viendo partidos. No se interesan por los jugadores. No vuelven a pisar un estadio. Su patriotismo futbolístico se evapora exactamente igual que una canción del verano.

Este comportamiento revela algo que va mucho más allá del deporte. Revela una cierta incapacidad contemporánea para comprometerse con nada que no proporcione recompensas inmediatas. El aficionado de selección no quiere sufrir. No quiere invertir años siguiendo una competición. No quiere conocer los detalles del juego. Lo que desea es acceder directamente al momento culminante de la historia. Quiere llegar cuando ya están colocadas las cámaras, cuando las banderas ondean en los balcones y cuando existe una posibilidad razonable de celebrar algo. En cierto sentido, es la misma lógica que domina gran parte de nuestra vida pública. Queremos las emociones sin el esfuerzo, la identidad sin el compromiso y el orgullo sin las obligaciones que normalmente lo acompañan.

Por eso la selección española produce una adhesión tan transversal. No exige prácticamente nada. Uno puede ignorar el fútbol durante años y seguir sintiéndose plenamente legitimado para celebrar una victoria internacional como si hubiera participado personalmente en ella. La selección convierte el éxito deportivo en una experiencia de consumo masivo. Basta con acercarse a una pantalla gigante, pedir una cerveza y colocarse junto a miles de personas que hacen exactamente lo mismo. Durante noventa minutos todos comparten una emoción colectiva. Después cada uno regresa a su vida sin que nada esencial haya cambiado.

Es precisamente esa facilidad lo que explica el fenómeno. Seguir a un club implica aceptar derrotas, decepciones y temporadas mediocres. Seguir a la selección española, en cambio, se parece mucho más a una suscripción temporal a una emoción agradable.

Las sociedades contemporáneas sienten una debilidad especial por todo aquello que promete emociones intensas a cambio del mínimo esfuerzo posible.

Ninguna otra institución del país consigue producir tanta adhesión emocional a un coste tan reducido. Hay españoles que desconfían de los partidos políticos, de los sindicatos, de los medios de comunicación, de los empresarios, de los jueces, de los bancos y probablemente también de sus vecinos. Sin embargo, basta un partido importante para que muchos de ellos vuelvan a experimentar una repentina sensación de pertenencia colectiva. Durante unas horas olvidan todo aquello que les irrita del país y se entregan a una forma de patriotismo extraordinariamente cómoda, porque no les exige modificar absolutamente nada de sus vidas.

Resulta difícil imaginar una identidad colectiva más accesible. Hay personas incapaces de localizar Extremadura en un mapa que se emocionan escuchando el himno antes de una semifinal. Otras desconocen casi por completo la historia del país cuya bandera agitan con entusiasmo. Algunas ni siquiera sienten el menor interés por la política, la cultura o los problemas concretos de la sociedad española. Nada de eso importa. La selección ofrece una versión simplificada de la pertenencia nacional, una especie de patriotismo precocinado que puede consumirse sin preparación previa. Como ocurre con tantos productos contemporáneos, la complejidad ha sido eliminada para facilitar el consumo.

La vida moderna produce individuos cada vez más aislados, más cansados y más necesitados de experiencias colectivas. La selección española funciona como una solución temporal a ese problema. Durante una noche ofrece comunidad, entusiasmo, conversación y una sensación de pertenencia que muchos no encuentran en ningún otro lugar. Al día siguiente todo el dispositivo emocional se desmonta hasta la siguiente competición internacional. Es difícil no sospechar que estamos ante una forma de patriotismo particularmente frágil cuando necesita ser reactivado periódicamente mediante acontecimientos deportivos para mantenerse con vida.

Quizá la prueba definitiva sea que casi nadie se pregunta qué representa exactamente aquello que está celebrando. La victoria es suficiente. La alegría es suficiente. La emoción es suficiente. En realidad, el patriotismo futbolístico no se parece demasiado a una convicción política o cultural. Se parece más a una experiencia recreativa. La nación se convierte en una excusa para organizar una fiesta y la bandera en un accesorio festivo comparable a las gafas gigantes, las pelucas o cualquier otro objeto destinado a crear ambiente. Lo importante no es España. Lo importante es pasarlo bien sintiéndose español durante unas horas.

Nunca había sido tan fácil sentirse parte de algo. Nunca había sido tan fácil dejar de sentirlo al día siguiente.

Los clubes representan historias concretas, ciudades concretas, tradiciones concretas e incluso conflictos concretos. Uno puede simpatizar o no con ellas, pero al menos existen. El Athletic representa algo reconocible. El Barça representa algo reconocible: una determinada idea de libertad colectiva, una forma de catalanismo proyectada hacia el mundo y la aspiración de que una nación pequeña puede dialogar de igual a igual con las grandes potencias. Incluso el Real Madrid, pese a los esfuerzos de algunos de sus seguidores por presentarlo como una entidad neutral y universal, representa una determinada manera de entender España, el poder y el éxito. Todos los grandes clubes son, en cierta medida, expresiones culturales de una comunidad determinada.

La selección española es diferente. La selección no representa una comunidad construida espontáneamente a lo largo de los siglos. Representa un Estado. Representa una estructura política y administrativa que engloba realidades muy distintas entre sí. Y eso explica que la adhesión que genera sea tan peculiar. Mientras un aficionado del Athletic o del Barça suele saber perfectamente por qué siente lo que siente, el seguidor ocasional de la selección rara vez se plantea esa cuestión. La emoción le basta. El gol sustituye a la reflexión. La victoria sustituye al significado.

El caso de Lamine Yamal resulta particularmente revelador. No porque sea un gran futbolista, que evidentemente lo es, sino porque concentra en una sola persona varias de las contradicciones que atraviesan la España contemporánea. Lamine Yamal es hijo de inmigrantes, es catalán y es la gran estrella de la selección española. Es fascinante observar cómo personas que pasan el año denunciando la decadencia nacional, la inmigración masiva o la pérdida de identidad descubren de repente una enorme capacidad de integración cuando un adolescente de Mataró marca un gol con la camiseta roja. Durante noventa minutos desaparecen todas las angustias culturales. La nación deja de sentirse amenazada. El problema nunca fue la inmigración. El problema era perder partidos.

Esta diferencia resulta especialmente visible en territorios donde existen identidades nacionales alternativas. Durante décadas se ha intentado presentar este fenómeno como una anomalía o como una excentricidad local, cuando en realidad revela una pregunta bastante razonable. ¿Qué representa exactamente la selección española para una persona de Bilbao, de Girona o de Santiago de Compostela? La respuesta no tiene por qué ser la misma en todos los casos. Y precisamente por eso resulta tan interesante observar cómo una competición deportiva consigue suspender temporalmente preguntas que siguen abiertas el resto del tiempo. Una nación verdaderamente sólida debería ser capaz de sobrevivir tanto a las victorias como a las derrotas.

La versión más entusiasta del patriotismo español necesita mucho más a la selección de lo que la selección necesita a España.

La selección no resuelve ninguna contradicción. No crea una comunidad que no existiera previamente. No responde a las preguntas difíciles. Simplemente proporciona una sensación agradable de unidad durante el tiempo suficiente para que millones de personas quieran repetir la experiencia en la siguiente competición. Hemos terminado sustituyendo las convicciones por emociones temporales, las identidades profundas por experiencias compartidas y las lealtades duraderas por consumos puntuales. La selección española no es una excepción a esa lógica. Es probablemente una de sus expresiones más exitosas.

Por eso sigo pensando que apoyar a la selección española es, en muchos casos, una forma particularmente refinada de catetismo. No porque exista nada vergonzoso en disfrutar del fútbol ni porque toda manifestación de afecto hacia un país resulte ridícula. Lo es porque permite experimentar el orgullo colectivo en su versión más simplificada, más superficial y menos exigente. Es una forma de patriotismo que no obliga a conocer nada, a defender nada ni a comprometerse con nada. Basta con aparecer cuando empieza el partido y desaparecer cuando termina.

El aficionado ocasional de la selección no busca realmente una nación. Busca algo mucho más sencillo. Busca una excusa para sentirse acompañado durante noventa minutos.

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