Hace unos días terminé Sobre el deporte, de Pier Paolo Pasolini. Lo compré convencido de que iba a leer una recopilación de artículos sobre fútbol. Pensé que encontraría algunas buenas páginas sobre el Mundial de México, el boxeo italiano o el Giro. En realidad, el deporte ocupa bastante menos espacio del que promete el título. Pasolini utiliza un balón igual que otros escritores utilizan una iglesia, una taberna o una plaza: como una excusa para hablar de algo infinitamente más importante.
Los grandes ensayistas tienen esa rara habilidad. Josep Pla podía dedicar diez páginas a una taberna para terminar hablando de Catalunya. Pasolini escribe sobre un partido de fútbol, un combate de boxeo o una etapa del Giro, pero el verdadero protagonista nunca es el deporte. Es Italia. O, mejor dicho, una Italia que empieza a dejar de reconocerse en aquello que durante siglos la había definido. Mientras habla de Italia termina hablando de cualquier país que haya empezado a olvidar quién es.
Pasolini no escribe sobre el deporte. Escribe sobre un pueblo que empieza a dejar de reconocerse en aquello que durante siglos lo había definido
Hay libros que envejecen porque el mundo cambia demasiado deprisa. Otros envejecen porque el mundo acaba pareciéndose demasiado a ellos. Mientras avanzaba en la lectura tuve la sensación de estar leyendo menos sobre la Italia de los años setenta que sobre la Europa de hoy. Pasolini no estaba preocupado por el futuro del deporte. Estaba preocupado por el futuro del pueblo.
Para Pasolini, el deporte nunca era únicamente deporte. Un partido de fútbol no empezaba cuando el árbitro pitaba el inicio ni terminaba cuando el marcador quedaba fijado. Era un lenguaje. Una forma de expresión colectiva. Una ciudad hablándose a sí misma a través de once jugadores, unos colores y una grada. Había equipos que escribían en prosa y equipos que escribían en poesía. Había estilos capaces de explicar mejor un país que muchos tratados de sociología. El estadio no era un lugar de entretenimiento. Era uno de los últimos espacios donde una comunidad seguía representándose a sí misma.
Esa idea resulta casi revolucionaria leída desde el presente. Hoy estamos acostumbrados a explicar el deporte en términos de audiencia, derechos televisivos, marketing, estadísticas o balances económicos. Pasolini apenas habla de nada de eso. Le interesa la belleza de un regate, la personalidad de una afición, el significado de una rivalidad entre ciudades. Comprende que el deporte no consiste únicamente en ganar o perder. Consiste en pertenecer.
El estadio no era un lugar de entretenimiento. Era uno de los últimos espacios donde una comunidad seguía representándose a sí misma
Y ahí apareció una pregunta que ya no me abandonó durante el resto del libro. ¿En qué momento dejamos de asistir a un rito para empezar a consumir un espectáculo?
La respuesta fácil consiste en culpar al dinero. Es verdad que el deporte se ha convertido en una industria gigantesca, pero el dinero por sí solo no explica una transformación cultural de semejante profundidad. El problema no es que los clubes se comporten como empresas. El problema es que los pueblos han empezado a comportarse como mercados.
Basta entrar en cualquier gran estadio europeo para advertirlo. Todo está pensado para que el espectador consuma, no para que pertenezca. La tienda oficial ocupa un lugar casi tan importante como la grada. Hay música constante para evitar el silencio, pantallas gigantes que no dejan descansar la vista, campañas publicitarias, sorteos, zonas VIP y una oferta gastronómica que recuerda más a un aeropuerto que a un estadio de fútbol. El partido sigue estando allí, pero cada vez da más la impresión de ser el pretexto alrededor del cual gira un enorme dispositivo comercial. El aficionado también ha cambiado de nombre. Ahora se llama cliente.
El problema no es que los clubes se comporten como empresas. El problema es que los pueblos han empezado a comportarse como mercados
La diferencia parece menor, pero lo cambia todo. Un aficionado permanece cuando llegan las derrotas porque siente que forma parte de algo que existía antes que él y seguirá existiendo cuando desaparezca. Un cliente exige satisfacción inmediata. Compara precios. Consume experiencias. Cambia de producto cuando deja de emocionarle. Durante décadas los clubes pertenecieron a sus ciudades. Hoy muchos pertenecen antes a un mercado global que a la comunidad que les dio origen.
Catalunya entendió durante mucho tiempo esta dimensión política del deporte mejor que casi nadie. El Camp Nou nunca fue únicamente el estadio del Barça. Fue uno de los pocos lugares donde una comunidad nacional podía reconocerse públicamente cuando muchas otras formas de representación le estaban vedadas. No era solo un campo de fútbol. Era un rito colectivo. Uno podía salir enfadado por una derrota y, al mismo tiempo, tener la sensación de haber participado en algo que trascendía el resultado. Hoy cuesta no percibir que esa función se ha debilitado. No porque el club haya cambiado únicamente, sino porque también ha cambiado el país. Cuando una comunidad pierde sus ritos, termina consumiendo incluso su propia identidad.
Cuando una comunidad pierde sus ritos, termina consumiendo incluso su propia identidad
Lo más interesante es que este fenómeno va mucho más allá del deporte. Hemos convertido casi todo en espectáculo. Ya no celebramos fiestas; consumimos eventos. Ya no viajamos; acumulamos experiencias. Ya no pertenecemos a un lugar; seguimos marcas. Incluso el ocio ha terminado sometido a la lógica del mercado. Todo debe ser rentable, medible, fotografiable y compartible. Hemos aprendido a consumir casi cualquier cosa. Incluso aquello que durante siglos sirvió para construir comunidades.
Quizá por eso la política se ha vuelto tan crispada. Las sociedades necesitan espacios donde representar simbólicamente el conflicto. Necesitan rivalidades, símbolos, pertenencia y orgullo compartido. Cuando esos espacios desaparecen, las necesidades que satisfacían no desaparecen con ellos. Simplemente buscan otros escenarios. El conflicto nunca deja de existir. Lo único que cambia es el lugar donde se manifiesta.
Ese es, creo, el gran acierto de Pasolini. Comprendió antes que muchos que una civilización empieza a vaciarse no cuando pierde riqueza, sino cuando deja de producir formas propias de vivir, de celebrar y de reconocerse. Cuando los ritos se convierten en espectáculos y las comunidades en públicos. Cuando el pueblo deja de ser protagonista para convertirse en consumidor.
Por eso recomendaría Sobre el deporte incluso a quien no haya visto un partido de fútbol en su vida. Porque no es un libro sobre fútbol. Es un libro sobre el momento en que una cultura popular empieza a convertirse en un producto de consumo. Y sospecho que pocas transformaciones describen mejor la Europa contemporánea.
Los pueblos no desaparecen cuando pierden territorio. Empiezan a desaparecer cuando dejan de reconocerse en aquello que celebran
La lección más incómoda de Pasolini. Los pueblos no empiezan a desaparecer cuando pierden unas elecciones, una frontera o una guerra. Empiezan a desaparecer cuando dejan de reconocerse en sus propios ritos. Cuando aquello que durante generaciones sirvió para construir una comunidad acaba reducido a una experiencia de consumo más. El deporte fue uno de los primeros lugares donde esa transformación se hizo visible. Por eso sigue siendo uno de los mejores lugares para entender el mundo en el que vivimos.
Terminé el libro con una sensación extraña. Llevo meses escribiendo un ensayo sobre Catalunya y descubrí que, sin proponérmelo, estaba persiguiendo una intuición muy parecida a la de Pasolini: entender qué ocurre cuando un pueblo empieza a dejar de reconocerse en aquello que durante siglos le dio forma. Quizá por eso algunos libros llegan en el momento justo.


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