Hay una cara de escritor que no sé exactamente cuándo se aprende. Suele requerir una mano bajo la mandíbula, el ceño ligeramente fruncido y la mirada perdida en algún punto situado más allá del fotógrafo. Una biblioteca detrás ayuda bastante y el blanco y negro termina de hacer el trabajo. Nadie parece estar pensando qué va a cenar o si mañana tiene que llevar el coche al taller. El escritor fotografiado está siempre a punto de alcanzar alguna conclusión terrible sobre la muerte, Dostoievski o el futuro de Europa.
La pose sería una convención un poco ridícula si no expresara una idea del oficio que siempre me ha producido cierta desconfianza. Durante mucho tiempo el escritor no se ha limitado a escribir: también ha tenido que parecer alguien que sabe. Ha leído más libros, conoce más autores y lleva tantos años tratando con muertos ilustres que parece haber adquirido cierta autoridad sobre los vivos. Hay una versión erudita, capaz de encontrar una referencia del siglo XVII para cualquier conversación; otra atormentada, que carga con todas las injusticias del mundo; y otra más viril y resabiada, que ha viajado, ha visto guerras, conoce la Historia y contempla nuestras pequeñas convicciones con la paciencia del adulto que escucha discutir a unos niños.
Pérez-Reverte ha llevado esta última modalidad bastante lejos. Guerra, barcos, Historia, cojones y esa mirada fatigada de quien lleva media vida soportando nuestra estupidez. Otros prefieren la biblioteca, la chaqueta y una voz convenientemente engolada. Cambia el vestuario, pero permanece una tentación parecida: convertir la cultura o la experiencia en una jerarquía personal. Yo he leído más que usted, he vivido más que usted, he pensado más que usted y desde aquí arriba puedo explicarle cómo funciona el mundo.
La pose, además, tiene público. Hay toda una tradición del escritor convertido en señor interesante: gesto grave, conversación profunda, biblioteca considerable y aspecto de estar pensando cosas que los demás apenas alcanzaríamos a comprender. Es una figura que uno imagina perfectamente fascinando a Isabel Preysler durante una cena. El atractivo consiste en parecer un hombre que ya ha entendido el mundo y podría explicártelo después del postre. Algunos enseñan abdominales. Otros enseñan haber leído a Tolstói. A determinadas edades, seguramente funciona mejor lo segundo.
Quinientos libros pueden hacer a alguien más culto; no necesariamente más inteligente, más interesante ni más capaz de comprender al tipo que tiene sentado enfrente.
No tengo nada contra leer mucho. Ojalá hubiera leído bastante más. Lo que no termino de entender es por qué acumular lecturas debería conceder automáticamente una posición superior desde la que observar a los demás. Quinientos libros pueden hacer a alguien más culto; no necesariamente más inteligente, más interesante ni más capaz de comprender al tipo que tiene sentado enfrente. Se puede conocer toda la literatura francesa, citar a los clásicos en cinco idiomas y continuar teniendo ideas perfectamente vulgares sobre el presente. Y, por supuesto, se puede haber leído a Dostoievski y ser idiota.
Hay otras formas de saber cosas que tienen el inconveniente de quedar bastante peor en una fotografía. Un payés que ha trabajado cincuenta años la misma tierra seguramente conozca sobre propiedad, esfuerzo, escasez, herencia y comportamiento humano cosas que no sabría explicar con las palabras adecuadas en una mesa redonda. Un camarero que lleva treinta años detrás de una barra habrá desarrollado una teoría bastante precisa sobre la vanidad. Y alguien que lleva media vida entrando en un estadio reconocerá ciertas formas de pertenencia, jerarquía y comportamiento colectivo antes que muchos especialistas que han escrito sobre ellas. Ninguno es necesariamente un sabio. También pueden ser idiotas. Esa es precisamente la gracia: los libros no tienen la propiedad de evitarlo.
También hay hooligans ilustrados. No veo ninguna incompatibilidad. Uno puede haber leído a Nietzsche por la mañana y querer partirle la cara a un aficionado rival por la tarde. La cultura proporciona palabras, referencias, mundos que uno no habría conocido de otra manera y, en el mejor de los casos, herramientas para comprenderlos. Ya me parece muchísimo. No veo la necesidad de añadirle además un certificado de superioridad moral.
También hay hooligans ilustrados. Uno puede haber leído a Nietzsche por la mañana y querer partirle la cara a un aficionado rival por la tarde.
Mi relación con la condición de escritor seguramente viene de ahí. Leo y escribo, pero también hago pesas, viajo, veo fútbol, me gusta comer bien, ir a la playa, preocuparme por cómo me queda una camiseta y perder el tiempo haciendo cosas que nunca aparecerían en la solapa de un libro. No considero ninguna de ellas una distracción de la literatura. Tampoco necesito afirmar que levantar pesas encierra una filosofía secreta. A veces hacer pesas consiste simplemente en hacer pesas. Me gusta que una parte de la vida no tenga que justificar su existencia convirtiéndose después en una reflexión.
Hay, de hecho, cierta tradición intelectual que ha convertido el abandono del cuerpo en una especie de credencial. Dormir mal, fumar demasiado, no hacer ejercicio y pasar quince horas sentado adquieren misteriosamente otro prestigio si entre medias uno lee a Proust. Nunca he entendido por qué cultivar el cerebro tendría que exigir tratar con tanto desprecio el organismo que lo mantiene funcionando. No propongo pesar a los candidatos antes de conceder un premio literario, pero hay escritores capaces de diagnosticar la decadencia de Occidente a los que dos pisos por las escaleras les permitirían conocer una forma bastante inmediata de decadencia. La épica masculina, además, suele quedar muy bien en una columna; fuera de ella, todos tenemos noches menos memorables.
No estoy libre de pose. Elijo fotografías, decido qué enseño, cuido mi aspecto y construyo, como cualquiera que tenga una presencia pública, un personaje. Sería bastante ridículo burlarme del escritor con la mano en la mandíbula mientras selecciono una foto mía leyendo junto al mar porque me favorece más que otra. No creo demasiado en esa división entre quienes posan y quienes son auténticos. Todos elegimos qué enseñamos. Lo que me interesa es no utilizar esa imagen como prueba de autoridad. Unos abdominales no hacen más verdadero lo que escribo, del mismo modo que una biblioteca de diez mil volúmenes tampoco.
El asunto se vuelve bastante más interesante cuando esa imagen de escritor encuentra alrededor un mundo dispuesto a premiarla. Suplementos, editoriales, festivales, jurados, universidades, columnas, invitaciones. No hace falta imaginar a nadie reunido en una habitación decidiendo quién entra. El mundo cultural hace algo mucho más normal: reconoce con especial facilidad a quienes hablan como las personas que ya reconoce.
En España, además, ese reconocimiento tiene sus uniformes políticos. Buena parte del mundo cultural progresista lleva tantos años administrando determinados códigos de respetabilidad que a veces parece haber confundido cultura con pertenencia. Hay opiniones que no garantizan publicar, naturalmente, pero ayudan a que nadie tenga que preguntar demasiado de qué lado estás. El escritor aprende pronto qué guerras debe lamentar, qué causas conviene abrazar y qué palabras permiten entrar en una sala sin enseñar el carnet. Lo divertido es que un ambiente obsesionado con la diversidad puede terminar produciendo escritores extraordinariamente parecidos entre sí.
La derecha ha respondido construyendo su propia tienda de disfraces y tampoco resulta especialmente tentadora. Allí reaparecen el puro, Roma, los tercios, la corbata, el whisky, los grandes hombres y una nostalgia permanente de una época en la que supuestamente todavía quedaban hombres. Unos escritores parecen acudir a una asamblea permanente; otros, a una cena en 1957. Entre la superioridad moral de unos y el olor a cerrado de los otros queda bastante sitio para escribir.
Unos escritores parecen acudir a una asamblea permanente; otros, a una cena en 1957. Entre la superioridad moral de unos y el olor a cerrado de los otros queda bastante sitio para escribir.
Lo más curioso es que muchos de quienes se presentan como heterodoxos viven extraordinariamente cerca del poder que aseguran incomodar. Hay escritores que llevan décadas siendo premiados, publicados, invitados, entrevistados y homenajeados por las principales instituciones del país y todavía conservan la pose del francotirador. Puede que digan cosas incómodas, por supuesto. Pero quizá convendría cierta modestia antes de presentarse como un peligro para el orden establecido cuando el orden establecido lleva veinte años guardándote una silla en primera fila.
Conviene cierta modestia antes de presentarse como un peligro para el orden establecido cuando el orden establecido lleva veinte años guardándote una silla en primera fila.
El poder cultural tampoco necesita prohibir demasiado. Tiene mecanismos bastante más agradables: premia, invita, reseña, fotografía, publica y prestigia. Las instituciones se sienten cómodas con aquello que saben clasificar y el escritor aprende pronto qué aspecto tiene un escritor, qué cosas dice un escritor y hasta qué opiniones quedan especialmente bien en boca de un escritor. Eso no convierte a quien entra en ese circuito en un impostor ni a quien queda fuera en un genio incomprendido. Significa simplemente que el mundo de la cultura también tiene jerarquías, intereses y gente deseando conservar una buena posición dentro de él.
No tengo ningún interés en sustituir al escritor de chaqueta de pana por otro sin camiseta enseñando abdominales. Sería la misma tontería con distinto uniforme. Tampoco creo que viajar enseñe necesariamente más que leer ni que un gimnasio sea más verdadero que una biblioteca. Me basta con no ordenar todas esas experiencias en una jerarquía cuya cúspide ocupe, casualmente, quien escribe sobre ellas.
Por eso siguen haciéndome gracia esas fotografías con la mandíbula apoyada sobre la mano y la mirada perdida en el horizonte. Siempre tengo la impresión de estar interrumpiendo un pensamiento importantísimo. Yo probablemente estaría pensando en qué voy a cenar, en el próximo libro, en el Barça o en si mañana me toca entrenar espalda. Después escribiré y, si tengo suerte, quizá consiga decir algo interesante. Tampoco hace falta darle muchas más vueltas: me gusta escribir bastante más de lo que me gusta ser escritor.
Sobre la relación entre el cuerpo, la escritura y la pose intelectual, puedes seguir con «La cinta que no lleva a ninguna parte».


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