Cinco días por semana levanto pesas, practico boxeo y termino el entrenamiento caminando durante cuarenta y cinco minutos sobre una cinta del Fitness Park. La máquina avanza a 5,5 kilómetros por hora, con una inclinación que oscila entre el seis y el diez por ciento. Yo, en cambio, permanezco exactamente en el mismo sitio. Es una versión contemporánea del mito de Sísifo, pero con aire acondicionado, música infame y una aplicación que registra el esfuerzo para que pueda presumirse de él.

Durante los primeros minutos todavía soy una persona civilizada. Pienso en los correos pendientes, en las noticias, en el párrafo que no termina de funcionar o en alguna discusión absurda de Twitter. La cabeza continúa ocupada por ese comité de vecinos que todos llevamos dentro y que opina constantemente sobre asuntos que no puede resolver.

Después empieza el sudor, las pulsaciones encuentran su ritmo y la conciencia va perdiendo sus adornos. A partir de cierto momento ya no existen el teléfono, el trabajo ni las pequeñas humillaciones administrativas de la vida adulta. Solo quedan las piernas, la respiración y la obligación elemental de continuar.

«Mi budismo funciona a 5,5 kilómetros por hora y con una pendiente del ocho por ciento.»

Nunca he conseguido comprender la utilidad de sentarse inmóvil sobre un cojín para pensar en no pensar. Mi forma de meditación necesita una cinta inclinada. En lugar de escuchar campanas tibetanas, escucho el motor de una máquina y los jadeos de un señor que está librando una guerra personal contra la bicicleta estática. El resultado, sin embargo, debe de ser parecido: la mente deja durante unos minutos de perseguirse a sí misma. Es entonces cuando aparecen las ideas.

La mayoría de los artículos de este blog y gran parte de las páginas de mis libros no nacieron delante del ordenador, donde las ideas suelen comparecer vestidas para una entrevista de trabajo. Aparecieron mientras el cuerpo estaba ocupado en una tarea elemental: caminar, respirar y no caerse. El ejercicio mantiene entretenida la parte más estúpida del cerebro para que la otra pueda escribir.

En El cine según Hitchcock, el extraordinario libro de conversaciones entre François Truffaut y Alfred Hitchcock, el director cuenta la historia de un guionista que tenía sus mejores ideas mientras dormía, pero las olvidaba al despertar. Decidió dejar papel y lápiz junto a la cama. Una noche tuvo una inspiración formidable, la anotó y continuó durmiendo. Por la mañana corrió a leerla. En el papel había escrito: «Chico conoce a chica».

La historia contiene una advertencia que conoce cualquiera que haya intentado crear algo. Las ideas concebidas en estados alterados —durante el sueño, bajo la ducha o en el minuto treinta y siete de una cinta inclinada— disfrutan de una iluminación que no siempre sobrevive al regreso de la conciencia. Algunas parecen capaces de cambiar la literatura occidental y, al anotarlas en el vestuario, resultan ser una variante de «chico conoce a chica» con faltas de ortografía.

«La inspiración puede visitarte en trance y marcharse antes de que recuperes el aliento.»

Aun así, muchas resisten. El ejercicio introduce la mente en una repetición suficientemente exigente para apartarla del ruido, pero suficientemente automática para dejarla vagar. El cuerpo se concentra en sobrevivir a la pendiente y la imaginación aprovecha el descuido. No siempre encuentra una idea brillante, pero al menos deja de escuchar las opiniones del dueño.

El ser humano contemporáneo vive como si fuera una cabeza transportada de una pantalla a otra. Trabaja sentado, come sentado, se entretiene sentado y, al terminar el día, se tumba para recuperarse del enorme esfuerzo de haber permanecido sentado. Hemos convertido el cuerpo en un soporte incómodo para llevar el teléfono móvil.

El ejercicio deshace durante un rato esa ficción. Bajo una barra o delante de un saco no sirven la reputación, el currículum ni la opinión política. El hierro no lee tus libros. El saco no sabe cuántos seguidores tienes. La cinta no reduce la pendiente porque hayas publicado una frase brillante. El cuerpo devuelve al individuo a una verdad anterior a todas las ideologías: puede continuar o no puede.

«El hierro no lee tus libros. El saco no sabe cuántos seguidores tienes.»

En esos momentos siento algo parecido a una subida de testosterona. No llevo un laboratorio instalado en el bíceps, de modo que quizá no me suba la testosterona y simplemente se me baje la tontería. A efectos literarios, el resultado es el mismo. Durante un rato desaparecen la duda, la autocompasión y esa costumbre contemporánea de convertir cualquier esfuerzo en una negociación con uno mismo.

La escritura también necesita cierta brutalidad elemental. Una frase no mejora porque el autor haya sufrido mucho redactándola. Una página no merece sobrevivir por las buenas intenciones de quien la escribió. Hay que levantarla, comprobar si se sostiene y tirarla si no aguanta el peso. El gimnasio y la literatura comparten una verdad poco democrática: las repeticiones cuentan más que el talento que uno cree poseer.

Existe, naturalmente, otra tradición literaria. Juan Manuel de Prada parece pertenecer a la escuela de quienes encuentran la inspiración entre el tercer torrezno y la cuarta subordinada. No es necesariamente un reproche. Cada literatura elige su combustible: unos escriben con grasa animal; otros, con glucógeno. Lo importante es que la frase llegue viva al final del párrafo.

El problema aparece cuando el escritor cree que el cuerpo estorba al espíritu. Sospecho lo contrario. La mente no flota sobre nosotros como un fantasma culto. Piensa con la respiración, el cansancio, las pulsaciones y la extraña lucidez que surge cuando ya no queda energía para representar un personaje ante uno mismo.

Durante los últimos minutos de cardio suelo encontrar la frase que estaba buscando. A veces es el inicio de un artículo. Otras, la estructura de un capítulo. También aparecen ideas que, al bajar de la cinta, resultan ser solemnes estupideces producidas por el agotamiento. Conviene no idealizar el método: el sudor puede favorecer la inspiración, pero no garantiza el talento.

Al terminar anoto las ideas en las Notas del Iphone antes de que la vida normal vuelva a ocupar su sitio. Luego me ducho, recupero la condición de ciudadano y regreso al escritorio. La literatura se redacta allí, pero muchas veces ha nacido antes, mientras caminaba sin moverme del lugar.

«Quizá no me suba la testosterona y simplemente se me baje la tontería.»

Por eso continúo subiéndome a la cinta. No solo para mejorar la resistencia, perder grasa o conservar cierta dignidad biológica. También porque durante cuarenta y cinco minutos el ruido desaparece, el cuerpo recupera el mando y la mente deja de contemplarse en el espejo.

Caminar sin llegar a ninguna parte es una metáfora bastante exacta de la vida. También puede ser una excelente manera de escribirla.


Esta defensa del cuerpo, la disciplina y la responsabilidad individual prolonga algunas de las ideas desarrolladas en Anatomía del hombre español promedio.

Si quieres leer más textos como este, puedes suscribirte.
No escribo mucho. Solo cuando hay algo que merece la pena.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *