En el tren de Tokio, la gente comparte el trayecto sin convertirlo en una negociación permanente. El silencio no parece una orden: nadie vigila a nadie y, sin embargo, casi todos se comportan como si la presencia ajena contara. Me interesa esa pequeña economía de la atención. Cada cual renuncia a una parte de lo que podría imponer y el viaje se vuelve soportable.
Una norma de convivencia es una tecnología barata. Evita que cada encuentro empiece de cero, con todos defendiendo su capricho hasta que intervenga una autoridad. No hace falta convertirla en una virtud nacional ni atribuir a los japoneses una superioridad misteriosa. Basta observar que la libertad de cada uno depende también de límites que no siempre se redactan ni se anuncian.
Japón tampoco es un modelo listo para importar. La cortesía puede hacer más llevadero el espacio público y, a la vez, elevar el precio de apartarse de lo esperado. Una comunidad capaz de coordinarse con facilidad puede ser poco hospitalaria con quien no encaja. El civismo no elimina el conflicto; a veces solo lo desplaza al interior de quien aprende a callar.
En Occidente hemos protegido con razón la libertad frente a la familia, la Iglesia, el Estado y cualquier mayoría convencida de saber cómo debemos vivir. Después hemos empezado a tratar como sospechosa toda obligación que no hayamos escogido. La frontera entre emancipación y simple desconsideración se ha vuelto muy cómoda: si alguien protesta por el ruido, el problema pasa a ser su intolerancia; si una norma estorba, su mera existencia parece una agresión.
La libertad de uno también depende de que los demás no conviertan cada capricho en una obligación colectiva.
Me considero liberal, aunque la palabra en España a veces venga con atrezo. En Horizonte comparece una variedad reconocible: media melena de cantautor que nunca llegó al estribillo, pulseras suficientes para anunciarlo antes de que hable y un Hayek aprendido en diferido. Defiende el mercado hasta que aparecen las pérdidas, el Estado mínimo hasta que necesita que alguien pague el rescate y la libertad, sobre todo, para explicar a los demás cómo deberían vivir. Más que una doctrina, parece la coartada adulta de quien todavía llama tiranía a que le lleven la contraria.
La libertad de apartarse de las costumbres, equivocarse o decepcionar a la familia me parece irrenunciable. Pero no obliga a los demás a ser público cautivo de cada decisión. Una sociedad libre necesita que podamos decir que no, guardar silencio y no participar en la vida ajena. La discreción no es obediencia; puede ser una forma elemental de reconocer que el mundo no está organizado alrededor de nuestra biografía.
Lo extraño es que la tecnología haya multiplicado nuestra capacidad de comunicarnos mientras la reserva empieza a parecer una deficiencia. La intimidad se ofrece como contenido; la opinión, como comprobante de existencia. No hace falta añorar un pasado más pudoroso para sospechar que expresar cada impulso no equivale a ser más libre. A veces solo significa haber encontrado una audiencia que no puede abandonar el vagón.
Ray Loriga tituló una novela Tokio ya no nos quiere. En ella, el olvido podía comprarse. El nuestro es menos sofisticado: queremos conservar las ventajas de vivir entre otros y borrar de la cuenta las obligaciones que las hacen posibles. Ciudades limpias, convivencia, servicios y seguridad; que alguien se ocupe de sostenerlos, siempre que no nos pida modificar un hábito. Hemos convertido el contrato social en una suscripción cuyos beneficios pretendemos conservar después de cancelar el pago.
Queremos conservar las ventajas de vivir entre otros y borrar las obligaciones que las hacen posibles.
No sé qué acabaré pensando de Japón. Un viaje basta para observar gestos; no para explicar un país. Me interesa más la pregunta que me devuelve: cuánto de nuestra libertad consiste en poder elegir y cuánto en dejar a los demás el coste de nuestras elecciones. No tengo una respuesta cómoda. Cuando vuelva a subir a un tren en España, probablemente alguien ponga un vídeo sin auriculares y podré comprobar cuánto dura una convicción liberal ante una molestia muy concreta.
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