Hay algo bastante revelador en que uno de los libros más vendidos de Amazon en “Sociología del hombre” sea un ensayo escrito sin editorial, sin campaña y sin ningún tipo de épica motivacional. Un libro que no promete riqueza, ni liderazgo, ni superioridad masculina, ni siquiera felicidad. Apenas una descripción incómoda de ciertos mecanismos de adaptación que se han vuelto normales en la España contemporánea. Y quizá precisamente por eso ha conectado con tanta gente.

Durante años se ha hablado mucho de la crisis de la masculinidad, aunque casi siempre en términos bastante teatrales. El hombre furioso, el hombre resentido, el hombre incapaz de aceptar los cambios sociales. Todo muy americano, muy de algoritmo y de tertulia rápida. Pero la realidad española tiene algo más cansado, más gris y más difícil de convertir en espectáculo. Aquí no abundan tanto los hombres agresivos como los hombres agotados. Hombres que han aprendido a funcionar razonablemente bien dentro de un sistema que les pide muy poco más que docilidad emocional, capacidad de adaptación y una vaga simpatía social.

España produce hombres bastante eficaces para soportar cosas.

Soportar trabajos absurdos, ciudades cada vez más hostiles, alquileres delirantes, relaciones frágiles y una sensación permanente de provisionalidad sin terminar de romperse nunca del todo. El español contemporáneo ha desarrollado una relación muy íntima con la resignación. No la vive como una tragedia, ni siquiera como una derrota. Más bien como una forma adulta de inteligencia práctica. Como quien aprende pronto que aspirar a demasiado suele acabar en humillación. Durante mucho tiempo eso se llamó madurez.

Probablemente ahí está una parte importante del problema. Se confundió la construcción de una vida con la correcta administración de pequeñas renuncias. El horizonte fue empequeñeciéndose poco a poco hasta quedar reducido a objetivos puramente logísticos: pagar un alquiler sin ahogarse demasiado, conservar una relación más o menos estable, ir al gimnasio, hacer algún viaje al año, mantener cierto equilibrio mental y llegar funcional al lunes siguiente. Hay algo muy triste en comprobar hasta qué punto una parte importante de la población ya no espera realmente gran cosa de la vida. Solo intenta gestionar el deterioro con algo de dignidad estética.

Mucha gente ya no espera gran cosa de la vida. Solo intenta gestionar el deterioro con cierta dignidad estética.

Las ciudades españolas están llenas de hombres así. Hombres prudentes, razonables, perfectamente socializados. Hombres que hablan constantemente de estabilidad porque hace tiempo que renunciaron a casi todo lo demás. Basta entrar en cualquier oficina moderna o en cualquier restaurante de moda para reconocer inmediatamente el mismo tipo humano: cuerpos entrenados, opiniones moderadas, ironía defensiva, consumo cultural previsible y una mezcla bastante visible de agotamiento y miedo al ridículo.

El miedo al ridículo se ha convertido en uno de los grandes reguladores morales de nuestra época. Mucha gente ya no reprime sus impulsos por principios, ni siquiera por ideología. Los reprime por miedo a resultar excesiva, intensa o incómoda. Todo debe ser razonable, equilibrado, conversable, terapéutico. La intensidad produce sospecha. El deseo fuerte produce incomodidad. El carácter acaba interpretándose como un problema de integración social.

La intensidad produce sospecha. El carácter empieza a parecer un problema.

Así aparece una forma de obediencia mucho más sofisticada que las antiguas disciplinas. Ya no hace falta imponer casi nada. La gente aprende sola a limitarse. Aprende a hablar dentro de unos márgenes muy concretos, a desear cosas relativamente pequeñas y a no alejarse demasiado de la normalidad ambiental. El resultado son sociedades aparentemente libres pero llenas de individuos extremadamente parecidos entre sí. Mismos cuerpos, mismas ambiciones, mismas opiniones cuidadosamente administradas y la misma sensación de estar viviendo una vida ligeramente disminuida.

Quizá por eso el gimnasio ocupa hoy un lugar tan importante para tantos hombres. No únicamente por estética. En una sociedad donde casi todo parece abstracto, burocrático o irreal, el cuerpo es una de las pocas cosas que todavía permite experimentar una sensación tangible de disciplina y transformación. Mucha gente no está intentando solo ponerse fuerte. Está intentando demostrar(se) que aún conserva cierto control sobre algo.

Aunque incluso eso haya acabado integrado dentro de la lógica general del consumo. El cuerpo como escaparate, como contenido y como identidad portátil. Hay hombres que hablan de sus rutinas de entrenamiento con la misma mezcla de ansiedad y obediencia con la que otros hablaban antes de religión o de política.

El cuerpo se ha convertido en uno de los últimos lugares donde todavía parece posible ejercer voluntad.

En el fondo, quizá el éxito inesperado de “Anatomía del hombre español promedio” tenga menos que ver con el libro que con el momento. Con la sensación cada vez más extendida de que algo importante se ha ido perdiendo mientras todo parecía funcionar con relativa normalidad. Una cierta energía vital. Una cierta ambición existencial. La idea de que la vida podía ser algo más que una sucesión ordenada de pequeñas gestiones privadas.

España sigue siendo un país bastante cómodo para sobrevivir y bastante difícil para vivir con intensidad. El clima ayuda, las terrazas ayudan, el humor ayuda y la costumbre nacional de rebajar constantemente la gravedad de las cosas también ayuda. Aquí casi todo puede convertirse en chiste, en meme o en conversación de bar. Pero debajo de toda esa ligereza muchas veces aparece una fatiga bastante profunda. La sensación de estar viviendo en una sociedad donde cada vez resulta más complicado construir personas verdaderamente libres, precisamente porque todo está diseñado para que nadie se aleje demasiado de la adaptación general.

Esa fatiga silenciosa es probable que sea la causante de que un libro sobre obediencia, deseo y renuncia masculina haya terminado encontrando lectores. Porque hay momentos en los que la gente empieza a reconocerse en ciertas descripciones aunque no le gusten demasiado. Porque uno puede pasarse años llamando estabilidad a la renuncia hasta que un día empieza a sospechar que ambas cosas no eran exactamente lo mismo.


“Anatomía del hombre español promedio” está disponible en Amazon en edición papel y digital.
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