Cada vez que hay una huelga educativa se produce una escena bastante reveladora sobre cómo funcionan realmente las sociedades modernas. Durante unos días, periodistas, sindicatos y responsables políticos transmiten la sensación de que el país se encuentra al borde de una especie de colapso civilizatorio. Se suspenden clases, aparecen padres indignados en televisión, se habla de “defender la educación pública” con ese tono épico que normalmente se reserva para Normandía o Stalingrado y uno casi espera ver helicópteros evacuando niños de patios escolares convertidos en zonas de combate. Luego pasan cuarenta y ocho horas y la realidad resulta bastante menos dramática. Los supermercados siguen abiertos, los bares continúan llenos, los trenes circulan y la estructura básica del país permanece intacta. Lo único que realmente entra en crisis es la logística cotidiana de millones de familias obligadas a reorganizar horarios porque alguien tiene que quedarse con los niños mientras los adultos trabajan.
“Muchas instituciones contemporáneas sobreviven gracias a la idea de que son imprescindibles, no necesariamente porque lo sean tanto en la práctica.”
La sensación recuerda bastante a aquellos meses entre 2015 y 2016 en los que España pasó casi un año con un gobierno en funciones mientras los partidos convertían el país en una negociación interminable de sillones. Y, sin embargo, el Estado siguió funcionando con una normalidad bastante razonable. Aquello dejó una sensación incómoda: quizá buena parte de las estructuras contemporáneas sobreviven más por inercia psicológica que por verdadera necesidad cotidiana.
Con la educación ocurre algo parecido, aunque discutirlo en público se ha vuelto casi imposible. El sistema educativo contemporáneo pertenece a esa categoría de estructuras moralmente blindadas donde cualquier crítica se interpreta automáticamente como una agresión contra los niños, la cultura o el futuro de la humanidad. Uno puede criticar al Ejército, a los jueces, a la Iglesia o incluso al sistema sanitario, pero cuestionar seriamente el funcionamiento de la escuela moderna provoca reacciones que oscilan entre el escándalo moral y el diagnóstico psiquiátrico. Existe la idea implícita de que la educación constituye una especie de bien puro, situado por encima de los intereses corporativos y las dinámicas de poder que afectan al resto de instituciones humanas.
Y sin embargo basta observar durante cinco minutos cualquier conflicto educativo para comprobar que el llamado estamento pedagógico se comporta exactamente igual que cualquier otro grupo burocrático contemporáneo: intenta ampliar presupuesto, aumentar salarios, consolidar poder administrativo y proteger sus privilegios corporativos mientras envuelve todo ello en un lenguaje moral cuidadosamente diseñado para que cualquier discrepancia parezca casi una forma de barbarie.
“El llamado estamento pedagógico se comporta exactamente igual que cualquier otro grupo burocrático contemporáneo.”
Resulta difícil no detectar cierta ironía en el hecho de que una parte considerable del debate educativo gire permanentemente alrededor de ratios, competencias, protocolos emocionales, digitalización, departamentos de orientación, reducción de horas lectivas, ampliación de plantillas y reivindicaciones salariales mientras generaciones enteras salen del sistema educativo con una cultura general que habría avergonzado a un estudiante mediocre de hace cuarenta años.
Nunca se había invertido tanto dinero, tantos recursos humanos y tantos discursos grandilocuentes en educación para producir individuos tan inseguros intelectualmente, tan incapaces de concentrarse durante más de diez minutos y tan aterrorizados ante cualquier forma mínima de frustración. Uno escucha hablar a ciertos pedagogos contemporáneos y tiene la impresión de que el objetivo final de la enseñanza consiste en evitar que un adolescente de dieciséis años experimente la traumática experiencia fascista de descubrir que quizá no es especial.
“Nunca se había invertido tanto dinero en educación para producir individuos tan inseguros intelectualmente.”
Lo más llamativo es que esta decadencia coincide precisamente con el momento histórico en el que el acceso al conocimiento resulta más fácil que nunca. Internet ha destruido por completo el monopolio educativo de la escuela. Un chico inteligente, disciplinado y mínimamente curioso puede aprender hoy más historia, literatura, filosofía, programación o economía desde su habitación que muchísimos universitarios de generaciones anteriores. Nunca había existido semejante disponibilidad de conocimiento.
Así vemos que cuanto más accesible se vuelve la información, más años encerramos a los jóvenes dentro de estructuras educativas cada vez más largas, más burocratizadas y más infantilizantes. Hay algo profundamente absurdo en una sociedad que posee acceso ilimitado al conocimiento y al mismo tiempo necesita escolarizar durante dos décadas a millones de personas para producir adultos incapaces de entender una hipoteca, redactar correctamente un texto largo o distinguir propaganda política de información.
“Cuanto más accesible se vuelve el conocimiento, más años encerramos a los jóvenes dentro de instituciones educativas.”
Quizá porque, en el fondo, el sistema educativo contemporáneo ya no existe principalmente para educar. Existe para gestionar personas. Organiza horarios, absorbe desempleo juvenil, retrasa la entrada en la vida adulta y funciona como gigantesco sistema de custodia social en países donde ambos padres trabajan jornadas cada vez más largas para sostener niveles de vida cada vez más frágiles.
Por eso las huelgas educativas generan sobre todo ansiedad logística. La mayoría de familias no teme realmente que sus hijos pierdan unas cuantas clases de sintaxis o matemáticas. Lo que produce pánico es descubrir que el colegio cumple una función mucho más práctica y menos noble: guardar niños mientras la maquinaria económica continúa funcionando.
“La escuela contemporánea funciona también como un gigantesco sistema de custodia social.”
Naturalmente, reconocer esto en voz alta resulta desagradable porque obliga a desmontar parte del relato sentimental construido alrededor de la educación moderna. Seguimos hablando de la escuela como si todavía viviéramos en aquella época donde un maestro rural podía representar autoridad intelectual, ascenso social y transmisión cultural relativamente sólida.
Pero gran parte del sistema educativo contemporáneo se parece bastante más a una mezcla entre guardería prolongada, oficina administrativa y centro de gestión emocional para adolescentes eternos. Mucha gente pasa veinte años dentro de instituciones educativas y sale de ellas con enormes dificultades para enfrentarse a la vida adulta más elemental. Saben detectar micromachismos en una campaña de yogures pero no interpretar una nómina. Han recibido infinitas charlas sobre autoestima, diversidad y gestión emocional, pero jamás nadie les ha explicado seriamente cómo funciona el poder, qué relación existe entre dinero y dependencia o por qué el mundo laboral contemporáneo se parece cada vez más a una pelea de perros maquillada con lenguaje corporativo.
“Mucha gente pasa veinte años dentro del sistema educativo para acabar descubriendo que nadie les había preparado realmente para vivir.”
Tampoco parece casualidad. Las sociedades actuales muestran una incomodidad creciente hacia cualquier forma de adultez fuerte y autónoma. Un individuo culto, disciplinado, psicológicamente estable y capaz de pensar por sí mismo resulta mucho más difícil de administrar que alguien emocionalmente dependiente, hiperprotegido y acostumbrado desde niño a vivir bajo supervisión permanente.
La pedagogía contemporánea habla constantemente de creatividad, pensamiento crítico y libertad individual mientras construye entornos donde cualquier forma de exigencia intelectual fuerte empieza a percibirse casi como violencia simbólica. Hay algo cómico en ver a generaciones enteras incapaces de leer una novela de cuatrocientas páginas mientras el sistema educativo insiste solemnemente en que el problema es la falta de tablets en las aulas.
“La pedagogía contemporánea habla de pensamiento crítico mientras fabrica individuos incapaces de soportar la incomodidad intelectual.”
La cuestión no es volver nostálgicamente a la escuela franquista ni fantasear con profesores golpeando pupitres con una regla de madera. El problema real es que la educación debería servir para formar adultos capaces de vivir en el mundo sin necesidad de permanecer eternamente tutelados por instituciones. Personas con cultura histórica, disciplina intelectual, capacidad de concentración y suficiente autonomía moral como para no confundir cada consigna política del momento con una verdad revelada.
Pero eso exigiría una escuela mucho más incómoda que la actual. Una escuela orientada a fortalecer individuos en lugar de administrar sensibilidades. Y quizá precisamente ahí aparece el verdadero problema del estamento pedagógico. Que lleva años hablando obsesivamente de educación mientras parece haber olvidado casi por completo para qué debería servir realmente educar.


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