Advertencia editorial
Este manual está dirigido exclusivamente a personas interesadas en desarrollar una carrera política profesional. Cocaína Intelectual no garantiza resultados equivalentes a los obtenidos por Jorge Azcón. Las condiciones pueden variar en función del partido político, la provincia de residencia, el patrimonio familiar del aspirante y su capacidad para permanecer durante largos periodos de tiempo cerca de estructuras financiadas con dinero público.
Índice
- Prólogo. Por qué fracasan la mayoría de los españoles
- Lección 1. Empiece pronto
- Lección 2. No se aleje del partido
- Lección 3. Si le obligan a trabajar fuera de la política, regrese cuanto antes
- Lección 4. Acumule patrimonio con discreción
- Lección 5. Consiga que le llamen gestor
- Epílogo. El método Azcón
Prólogo
La mayoría de los españoles pierde media vida intentando abrirse camino. Estudian carreras, encadenan empleos, cambian de empresa, montan negocios, aprenden idiomas, hacen másteres, se arruinan, vuelven a empezar y llaman experiencia al conjunto de cicatrices que acumulan durante el proceso. Es una forma de vivir tan respetable como agotadora.
Jorge Azcón eligió un camino distinto.
Mientras otros trataban de comprender cómo funcionaba el mundo, él comprendió algo mucho más útil: si uno encuentra a tiempo una organización suficientemente grande, ya no necesita pasar demasiados años buscándose a sí mismo. La organización se encarga de buena parte del trabajo.
Durante décadas, los aragoneses hemos conocido sus opiniones sobre prácticamente cualquier asunto imaginable. Hemos leído sus declaraciones, seguido sus campañas electorales y asistido a su ascenso político. Lo que resulta más difícil encontrar es un análisis de su trayectoria como fenómeno profesional. Y sin embargo, pocas carreras ilustran tan bien las ventajas de una vida cuidadosamente orientada desde el principio hacia la política.
Este manual nace de esa constatación. No pretende juzgar al personaje. Al contrario. Pretende estudiar el método. Porque las biografías individuales tienen un interés limitado. Lo verdaderamente importante son las reglas que esconden. Los patrones. Las lecciones que otros pueden aplicar.
Azcón empezó pronto, permaneció donde debía permanecer, sobrevivió a los cambios de ciclo, regresó cuando fue necesario y terminó alcanzando la presidencia de Aragón. Visto desde cierta distancia, no parece una carrera política. Parece un curso de formación profesional extraordinariamente bien aprovechado.
Las páginas que siguen intentarán reconstruir algunas de esas enseñanzas para beneficio de las nuevas generaciones. Especialmente de aquellas que aspiren a desarrollar una larga carrera pública sin exponerse innecesariamente a los riesgos asociados a la realidad.
Comencemos.
Lección 1. Empiece pronto
Uno de los errores más frecuentes entre los aspirantes a profesional de la política consiste en esperar demasiado. Hay quien cree que primero debe estudiar, después trabajar, más tarde adquirir experiencia y finalmente, una vez comprendido el funcionamiento del mundo, dedicarse al servicio público. Es una visión romántica, respetable y completamente ineficiente.
El método Azcón propone una alternativa mucho más práctica.
La política moderna funciona como cualquier otra profesión. Cuanto antes se empieza, mayor ventaja se acumula. Un futbolista no espera a los cuarenta años para entrar en una cantera. Un violinista no comienza a estudiar el instrumento cuando ya tiene canas. El futuro profesional de la política tampoco debería perder el tiempo desarrollando una vida excesivamente compleja antes de afiliarse a una organización.
Jorge Azcón comprendió esta verdad siendo muy joven. Mientras otros adolescentes malgastaban horas descubriendo grupos de música, suspendiendo asignaturas o tomando decisiones equivocadas de las que luego podrían escribir memorias interesantes, él ya frecuentaba los entornos adecuados. Es difícil competir contra alguien que ha decidido empezar la carrera antes de que los demás sepan siquiera que existe una carrera.
Las juventudes de los partidos políticos cumplen una función que raramente aparece en los folletos oficiales. Formalmente sirven para formar dirigentes. En la práctica funcionan como academias preparatorias. Allí se aprende quién manda, quién puede llegar a mandar y quién conviene que crea que manda. Son conocimientos mucho más útiles que la mayoría de los impartidos en las facultades.
Azcón ingresó en Nuevas Generaciones a una edad en la que la mayoría de los jóvenes todavía cree que dispone de tiempo para equivocarse y comenzó a recorrer ese camino perfectamente señalizado que conduce desde la militancia juvenil hasta los cargos institucionales. No hay nada reprochable en ello. Al contrario. Resulta admirable la claridad de objetivos. Mientras una parte considerable de su generación avanzaba a ciegas por el mercado laboral, él ya se encontraba dentro de una estructura que ofrecía algo extraordinariamente valioso: un itinerario.
La vida adulta está llena de incertidumbres. La política profesional intenta reducirlas al mínimo. Los partidos tienen jerarquías, escalones, responsables, congresos y procedimientos. Uno sabe dónde está y, sobre todo, sabe dónde le gustaría estar dentro de cinco o diez años. Es una tranquilidad de la que disfrutan muy pocas profesiones.
El nuevo milenio apenas acababa de comenzar cuando Jorge Azcón ya ocupaba un asiento en el Ayuntamiento de Zaragoza. No había fundado una empresa. No había escrito un libro. No había hecho nada especialmente memorable fuera de la política. Había hecho algo mucho más útil para la carrera que estaba construyendo: convertirse en una persona conocida dentro de la organización adecuada.
La primera lección del método es sencilla. No espere a descubrir quién es. No espere a desarrollar una profesión. No espere a acumular demasiadas experiencias que puedan distraerle de sus verdaderos objetivos.
Empiece pronto. Otros ya lo están haciendo.
Lección 2. No se aleje del partido
Entrar es importante. Permanecer lo es mucho más.
Muchos aspirantes prometedores arruinan carreras perfectamente razonables por culpa de una peligrosa obsesión con la independencia. Abren negocios, cambian de ciudad, descubren profesiones interesantes o desarrollan opiniones propias. Algunos incluso adquieren experiencia real en sectores productivos. Son errores comprensibles, pero difíciles de corregir.
El método Azcón propone una alternativa mucho más segura. Una vez dentro, permanezca dentro.
La política moderna no recompensa necesariamente a los más brillantes. Tampoco a los más preparados. Premia algo mucho más valioso: la continuidad. Las organizaciones desconfían de los genios. Los genios generan incertidumbre. Prefieren individuos previsibles, disciplinados y capaces de sobrevivir durante largos periodos de tiempo sin producir sobresaltos innecesarios.
La trayectoria de Jorge Azcón resulta ejemplar en este sentido. Durante años fue acumulando cargos, responsabilidades y visibilidad dentro del Partido Popular aragonés. Concejal, portavoz, líder de la oposición, alcalde y finalmente presidente autonómico. Observada desde cierta distancia, la carrera recuerda más al ascenso de un funcionario ejemplar que a una aventura política. No hay grandes rupturas. No hay aventuras inesperadas. No hay desvíos especialmente llamativos. Hay una progresión ordenada, paciente y extraordinariamente eficaz.
La prensa suele describir estas trayectorias utilizando palabras como liderazgo, vocación o servicio público. Son expresiones respetables. Sin embargo, tienden a ocultar una realidad mucho más sencilla. La política profesional se parece menos a una epopeya y más a una promoción interna. Los nombres de los cargos cambian. Los despachos cambian. Las tarjetas de visita cambian. Lo que permanece es la organización.
Azcón comprendió pronto esta lógica. Mientras otros intentaban destacar, él parecía más interesado en avanzar. Son objetivos distintos. Destacar obliga a asumir riesgos. Avanzar exige paciencia. En Aragón, como en casi todas partes, la paciencia suele ofrecer mejores resultados.
El lector atento habrá advertido ya una constante. En ninguna parte del método aparece la necesidad de inventar nada, construir nada o transformar radicalmente nada. La política profesional no suele premiar a quienes alteran el equilibrio. Premia a quienes aprenden a moverse dentro de él. Y pocas carreras aragonesas ilustran esa lección con tanta claridad como la de Jorge Azcón.
Lección 3. Si le obligan a trabajar fuera de la política, regrese cuanto antes
Ninguna carrera está completamente libre de accidentes. Incluso el profesional de la política más disciplinado puede encontrarse algún día ante una circunstancia desagradable: quedarse temporalmente sin cargo.
No conviene dramatizar. La historia está llena de hombres que sobrevivieron a experiencias mucho peores. Napoleón tuvo que soportar Rusia. Julio César atravesó la Galia. Jorge Azcón pasó una temporada en la empresa privada y consiguió volver para contarlo.
La comparación puede parecer excesiva, pero sólo a quienes desconocen los peligros del mundo exterior. Fuera de la política existen clientes. Existen balances. Existen objetivos. Existen personas capaces de juzgar tu trabajo utilizando criterios sorprendentemente concretos. Es un entorno exigente, a veces incluso hostil. No resulta extraño que muchos profesionales de la política desarrollen una profunda nostalgia institucional después de pasar una temporada lejos de los despachos públicos.
La biografía de Azcón contiene precisamente ese episodio. Durante algunos años trabajó en el ámbito de la vivienda protegida. Sus admiradores suelen citar esta etapa como prueba irrefutable de contacto con la realidad. Sus detractores la considerarán una nota a pie de página. Probablemente ambas posiciones exageran. Lo verdaderamente importante no es que trabajara fuera de la política. Lo verdaderamente importante es que regresó.
Porque el método Azcón no enseña a conquistar territorios desconocidos. Enseña a no perder nunca de vista el territorio original.
Hay políticos que desaparecen durante años. Cambian de sector, de país o de actividad. Algunos incluso descubren que existen formas de vida razonablemente satisfactorias lejos de las estructuras partidistas. Son trayectorias respetables, pero poco recomendables para quien aspire a desarrollar una carrera política de largo recorrido.
Azcón eligió una estrategia mucho más inteligente. La excursión fue breve. Lo suficiente para poder mencionarla en las entrevistas. No tanto como para alterar el sentido general de la biografía. Y esa es una enseñanza de enorme valor para las nuevas generaciones.
Si alguna vez se ve obligado a abandonar temporalmente la política, no convierta la experiencia en una nueva vida. Considérela un paréntesis. Un trámite. Una interrupción administrativa. Mantenga el contacto con las personas adecuadas. Frecuente los lugares adecuados. Recuerde en todo momento dónde está realmente su futuro.
Tarde o temprano surgirá una oportunidad para regresar. Y cuando eso ocurra, actúe con rapidez. La realidad puede ser una experiencia interesante. Pero conviene no acostumbrarse demasiado a ella.
Lección 4. Acumule patrimonio con discreción
Una de las mayores tragedias de nuestro tiempo es la enorme cantidad de personas que intentan enriquecerse trabajando. Montan empresas, asumen riesgos, piden préstamos, hipotecan viviendas, invierten sus ahorros y pasan décadas sometidas a niveles de estrés incompatibles con una correcta digestión.
El método Azcón propone una aproximación mucho más elegante a la prosperidad.
Muchos aspirantes a profesional de la política cometen un error elemental. Se obsesionan con el dinero. Sueñan con hacerse ricos, aparecer en revistas económicas o protagonizar documentales sobre el éxito empresarial. Es una actitud infantil y profundamente contraproducente.
No aspire a convertirse en millonario. Aspire a parecer razonablemente próspero.
La diferencia es fundamental. Los millonarios llaman la atención. Los hombres razonablemente prósperos inspiran confianza. Nadie se siente cómodo votando a un magnate. En cambio, resulta difícil desconfiar de alguien que parece haber administrado correctamente su vida.
Las declaraciones patrimoniales del presidente aragonés constituyen una valiosa fuente de enseñanzas para cualquier estudiante de la materia. Una colección de inmuebles, fondos de inversión, planes de pensiones, liquidez y ausencia de deudas significativas. No es una fortuna espectacular. Precisamente por eso funciona tan bien. Todo transmite una sensación de orden, estabilidad y respetabilidad. Parece el patrimonio de un hombre que jamás ha cometido una imprudencia.
La cifra de inmuebles es suficientemente elevada como para resultar impresionante y lo suficientemente moderada como para evitar titulares incómodos. Mientras buena parte de los españoles dedica, con suerte, media vida a conseguir una vivienda, el método Azcón invita a contemplar el mercado inmobiliario desde una perspectiva mucho más panorámica.
Existe además una enseñanza complementaria para los alumnos más avanzados. Los libros de autoayuda suelen insistir en la importancia del esfuerzo personal. El método Azcón amplía ligeramente esa perspectiva e incorpora un factor frecuentemente olvidado por los gurús del éxito: la correcta elección de los progenitores. Se trata de una estrategia patrimonial extraordinariamente eficaz. Mientras millones de personas ahorran durante décadas para adquirir una vivienda, las herencias permiten acceder a resultados similares mediante procedimientos considerablemente menos agotadores.
La observación no pretende ser crítica. Al contrario. Los manuales serios se limitan a identificar las prácticas que producen mejores resultados. Y resulta innegable que recibir propiedades familiares constituye una excelente manera de iniciar cualquier trayectoria patrimonial.
El verdadero profesional de la política comprende esta lección desde muy temprano. La prosperidad nunca debe parecer una ambición. Debe aparecer como una consecuencia natural del paisaje. Como una extensión lógica de la biografía. Como algo tan perfectamente integrado en el personaje que nadie considere necesario formular demasiadas preguntas.
Lección 5. Consiga que le llamen gestor
La política moderna no consiste únicamente en ocupar cargos. También exige parecer la clase de persona que merece ocuparlos.
Muchos dirigentes fracasan porque concentran todos sus esfuerzos en la gestión y olvidan un aspecto fundamental: la construcción del personaje. El ciudadano medio no dispone de tiempo para estudiar presupuestos, analizar trayectorias profesionales o leer programas electorales. Necesita atajos. Necesita símbolos. Necesita señales visuales que le permitan identificar rápidamente a quién tiene delante.
El método Azcón concede una enorme importancia a esta cuestión.
Observe atentamente el personaje. La camisa correctamente planchada. La sonrisa de campaña permanente. El tono moderado. La ausencia de estridencias. La pulsera con la bandera de España. La afición a los toros. El esquí. El pilates. El Real Madrid. Las fotografías institucionales. Las visitas al Bernabéu. Nada parece especialmente relevante por separado. Juntos forman un lenguaje perfectamente reconocible.
No estamos ante un hombre. Estamos ante una marca. Las mujeres de cierta edad observan a un caballero educado y formal. Muchos hombres contemplan algo distinto. Ven un modelo de éxito perfectamente alcanzable. No parece una estrella de cine. No parece un empresario multimillonario. No parece un genio. Parece algo mucho más tranquilizador: un hombre de provecho.
Pocas categorías gozan de tanto prestigio en Aragón como esa. El hombre de provecho siempre lleva la camisa adecuada. Siempre parece saber adónde va. Nunca levanta demasiado la voz. Nunca transmite incertidumbre. Es una figura profundamente provincial y extraordinariamente poderosa. Durante generaciones ha ocupado el lugar que en otras sociedades ocupaban los aristócratas, los intelectuales o los grandes empresarios.
Azcón encaja perfectamente en ese molde. Incluso su idea de España parece cuidadosamente alineado con esa vocación de respetabilidad institucional. Mientras algunos dirigentes regionales se empeñan en cultivar identidades periféricas o lealtades locales demasiado intensas, el método Azcón recomienda una aproximación más práctica: situarse siempre lo más cerca posible del centro de gravedad. Es una estrategia que ahorra muchos problemas. Discutir con Madrid exige energía. Admirarlo suele resultar bastante más rentable.
Su afición al Real Madrid aporta una conexión sentimental con el éxito. Los toros mantienen el vínculo con una determinada tradición española. El esquí introduce una nota de distinción social sin resultar excesivamente elitista. El pilates transmite disciplina y autocontrol. Todo parece cuidadosamente diseñado para proyectar una imagen de equilibrio permanente.
Llegados a este punto, las decisiones concretas empiezan a importar menos que el personaje. Porque los ciudadanos olvidan discursos, promesas y presupuestos. La imagen, en cambio, suele quedarse mucho más tiempo.
Cuando el personaje está correctamente construido, el resto del trabajo resulta mucho más sencillo. Los medios de comunicación aportan entonces las palabras mágicas. Gestor. Moderado. Dialogante. Responsable. El mecanismo empieza a funcionar por sí solo.
El ciudadano ya no observa una trayectoria. Observa una fotografía que le transmite exactamente aquello que necesita creer. Que está ante un hombre serio. Un hombre responsable. Un hombre de provecho.
El método Azcón comprende una verdad elemental. Los ciudadanos rara vez votan una biografía. Votan una impresión. Y pocas impresiones resultan tan eficaces como la de un hombre que parece capaz de aprobar por unanimidad el cambio de ascensor en una junta especialmente conflictiva.
Epílogo. El método Azcón
Llegados a este punto conviene aclarar un posible malentendido. Este artículo no trata realmente sobre Jorge Azcón.
Si tratara sobre Jorge Azcón sería mucho más corto. Bastaría una sucesión de nombramientos, algunos inmuebles heredados y varias décadas transcurridas a prudente distancia de cualquier experiencia excesivamente traumática.
Azcón no inventó nada. No creó las reglas. No diseñó el sistema. Simplemente comprendió muy pronto cómo funcionaba y actuó en consecuencia. Empezó joven, permaneció dentro de la organización adecuada, sobrevivió a los cambios de ciclo, regresó cuando fue necesario, acumuló patrimonio sin estridencias y construyó una imagen pública capaz de transmitir exactamente aquello que una parte importante de la sociedad desea encontrar en sus dirigentes.
Por eso el método resulta tan fascinante. Porque funciona.
Funciona con las abuelas, que todavía creen que una camisa bien planchada revela algo importante sobre el carácter de un hombre. Funciona con los hombres que ven en él una versión institucionalizada del éxito. Especialmente esos hombres que alcanzan la madurez con más pulseras que lecturas, una melena cuidadosamente conservada contra el paso del tiempo y la sospecha permanente de que el éxito consiste en parecerse físicamente al director de una sucursal bancaria. Funciona con los periodistas que encuentran más cómodo hablar del último titular que de la trayectoria completa del personaje. Y funciona con una sociedad que lleva tanto tiempo confundiendo la respetabilidad con el mérito que ha terminado considerándolas prácticamente sinónimos.
Quizá por eso resulta tan difícil encontrar retratos de esta naturaleza en la prensa regional. Los periódicos aragoneses dedican miles de páginas a las declaraciones de los políticos y muy pocas a los mecanismos que los producen. Sabemos qué opinan. Sabemos qué anuncian. Sabemos qué inauguran. Conocemos bastante menos las trayectorias sociales, económicas y culturales que explican cómo han llegado hasta allí. Es una curiosa forma de periodismo. Como escribir durante veinte años sobre una obra de teatro sin detenerse nunca a observar a los actores.
Y sin embargo, ahí está la verdadera historia. No la de Jorge Azcón. La nuestra. Porque Azcón no es una anomalía. Es un producto perfectamente adaptado a las preferencias de su tiempo. Una sociedad envejecida, prudente, temerosa del conflicto y obsesionada con la respetabilidad acaba produciendo exactamente este tipo de dirigentes. Hombres moderados, bien vestidos, cuidadosamente previsibles, incapaces de despertar entusiasmo pero perfectamente preparados para no despertar preocupación.
Quizá por eso resultan tan difíciles de combatir. No representan una ideología. Representan una forma de resignación. La aceptación silenciosa de que nada importante va a cambiar y de que la principal función de la política consiste en administrar con cierta elegancia una lenta decadencia.
En otro tiempo admirábamos a exploradores, inventores, empresarios, escritores o revolucionarios. Hoy admiramos a hombres que parecen presidentes de comunidad de propietarios. Y tal vez esa transformación explique más cosas sobre Aragón y sobre España que cualquier programa electoral.
El método Azcón funciona porque nosotros funcionamos así y es más que probable que siga haciéndolo durante muchos años. Al final, las sociedades que han dejado de creer en el futuro terminan conformándose con grises gestores del presente.


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