Los ves y ya sabes que huelen mal, no en un sentido estrictamente físico —aunque a veces también— sino en algo más difícil de precisar, una especie de limpieza excesiva, demasiado calculada, como cuando alguien se echa una colonia cara para tapar que detrás no hay nada que sostener.

Antes la gente, al menos, se rompía la espalda para parecer algo, había un esfuerzo, una acumulación, incluso una mentira trabajada; ahora ni siquiera eso es necesario, porque basta con alquilarlo todo: un coche, un reloj, un apartamento con vistas que no son tuyas, y con eso es suficiente para construir una identidad que no necesita apoyarse en nada real.

No hace falta ser nada.
Basta con parecerlo el tiempo suficiente

Lo enseñas, lo repites, lo editas, y si lo haces las suficientes veces hay idiotas que empiezan a creerlo, con la particularidad de que, en algún momento, tú también acabas creyéndolo, porque la repetición termina sustituyendo cualquier necesidad de contraste con la realidad.

Instagram es perfecto para eso, un lugar donde nadie pregunta nada porque en el fondo nadie quiere escuchar la respuesta, donde todo se reduce a mirar y a sostener durante unos segundos la ilusión de que podría ser uno mismo quien está ahí, aunque en realidad no lo sea.

El tipo del Rolex no sabe qué hora es, nunca la ha sabido, porque el reloj no está ahí para medir nada sino para evitar que tenga que explicar nada, y en ese sentido funciona como un cierre anticipado de cualquier conversación posible, ya que explicar implica exponerse, y exponerse implica permitir que alguien haga preguntas, y en cuanto aparecen las preguntas, el espectáculo se viene abajo.

El Lamborghini responde exactamente a la misma lógica, no como medio de transporte sino como afirmación visual, un objeto que no lleva a ningún sitio pero que permite sostener la idea de que sí lo hace, especialmente para quienes no tienen adónde ir pero necesitan que parezca lo contrario; por eso lo conducen despacio, siempre despacio, no por prudencia sino para asegurarse de que se vea, porque al final todo está diseñado para ser visto.

No venden dinero.
Venden una salida

A partir de ahí aparecen otros perfiles, más extendidos y en cierto modo más burdos, que no tienen coche ni reloj pero sí tienen discurso, los traders, que han entendido que no hace falta poseer nada siempre que se pueda construir una narrativa suficientemente convincente como para venderla; no se limitan a mostrar una mentira, sino que ofrecen algo más atractivo, la posibilidad de que tú también puedas sostenerla.

Hablan de libertad mientras te cobran una suscripción, hablan de independencia mientras dependen de que tú pagues, y en ese equilibrio precario consiguen algo que roza lo poético, un grupo de hombres que no tienen nada enseñando a otros hombres que tampoco tienen nada cómo tenerlo todo, con la particularidad de que todos parecen satisfechos con el intercambio.

El uniforme ayuda a consolidar esa ficción, camisetas caras, zapatillas impecables, rostros que simulan haber alcanzado algo que en realidad nunca ha existido, pero que, aun así, resulta creíble porque hay una predisposición previa a aceptarlo.

Y funciona precisamente por eso, porque hay gente que quiere creerlo, hombres cansados que no quieren invertir diez años en entender que no hay atajos, hombres que prefieren pagar una cantidad asumible al mes por una mentira bien presentada antes que enfrentarse a una verdad incómoda que exige tiempo, disciplina y, sobre todo, responsabilidad.

Ahí es donde el negocio se vuelve posible, no porque vendan dinero o éxito en un sentido estricto, sino porque venden algo más eficaz, una forma de alivio, el alivio de no tener que pensar demasiado, de no tener que hacerse cargo de las propias limitaciones, de poder atribuir cualquier fracaso a una mala ejecución personal en lugar de a la falsedad del método.

Y en ese punto aparece el elemento más interesante, porque la estafa deja de consistir en engañar a alguien y pasa a consistir en ofrecerle exactamente aquello que está dispuesto a comprar, de modo que la responsabilidad queda completamente disuelta.

Dubái, en ese contexto, no es más que el decorado ideal, un lugar que funciona bien en imagen, intercambiable en lo esencial pero perfecto en lo estético, con su combinación de sol, piscinas y superficies de cristal que no remiten a nada sólido, nada que se pueda agarrar, nada que esté pensado para durar.

No va de ellos.
Va de los que miran

Pero, en el fondo, no va de ellos, nunca ha ido de ellos, sino de todos los que miran, de los que perciben que algo no encaja y aun así continúan observando, de los que sospechan que hay una mentira y, pese a ello, introducen los datos de su tarjeta porque prefieren esa posibilidad a cualquier alternativa más exigente.

Porque la alternativa implica levantarse pronto, hacer algo que no garantiza resultados inmediatos y asumir la posibilidad de fracasar sin testigos, y eso, en comparación, resulta mucho más difícil de aceptar que cualquier gurú de Dubái


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