La causa era él

La causa era él

No era el más brillante de su generación. Tampoco el más carismático. Ni siquiera el más temido. La política catalana ha producido oradores más afilados, estrategas más sofisticados y líderes con una capacidad muy superior para despertar entusiasmo o rechazo. Él pertenecía a otra categoría, mucho menos espectacular y, precisamente por eso, mucho más resistente. Mientras otros destacaban por alguna cualidad concreta, él desarrolló una habilidad mucho más útil: la de permanecer.

Hay personas que parecen destinadas a protagonizar los acontecimientos. Irrumpen en escena, ocupan portadas, generan adhesiones fervorosas y odios intensos. Durante un tiempo parecen imprescindibles. Después desaparecen. La Historia está llena de esos personajes. Lo extraordinario es encontrar a quienes sobreviven a todos ellos. A quienes permanecen cuando los héroes han sido derrotados, los mártires han sido olvidados y los visionarios han descubierto que la realidad suele ser menos obediente que sus discursos.

Él comprendió muy pronto que la permanencia es una forma de poder mucho más sofisticada que la victoria. Ganar una batalla puede ser una casualidad. Sobrevivir a todas requiere método. Por eso nunca se mostró especialmente interesado en los gestos irreversibles. Prefería los procesos. Prefería los matices. Prefería las reuniones. Allí donde otros veían momentos decisivos, él veía la necesidad de abrir una nueva fase de reflexión. Allí donde otros hablaban de culminar objetivos históricos, él recordaba la importancia de gestionar correctamente los tiempos.

Con los años desarrolló una capacidad casi sobrenatural para aparecer siempre en el lugar adecuado. Cuando el movimiento avanzaba, surgía para explicar el significado profundo de aquel avance. Cuando retrocedía, surgía para recordar que los retrocesos también formaban parte del camino. Cuando aparecía una alternativa, advertía de los riesgos de la improvisación. Cuando desaparecía, era únicamente para reaparecer desde una posición ligeramente distinta, pero siempre relevante.

Sus seguidores confundían esta habilidad con sabiduría. Sus adversarios la atribuían al oportunismo. Ambas interpretaciones contienen algo de verdad. Después de todo, existe una frontera muy difusa entre la prudencia y el instinto de conservación. Él llevaba tanto tiempo caminando sobre esa frontera que acabó convirtiéndola en su residencia habitual.

Había algo profundamente tranquilizador en su figura. Nunca parecía alterarse demasiado. Nunca daba la impresión de estar dispuesto a arriesgarlo todo. Incluso en los momentos de máxima tensión conservaba el aspecto de quien está convencido de que siempre habrá otra reunión, otra negociación, otra oportunidad. Mientras los más apasionados se consumían intentando cambiar la realidad, él parecía más interesado en garantizar que seguiría presente cuando la realidad terminara imponiéndose.

Quizá por eso acabó convirtiéndose en una figura tan difícil de desplazar. No porque inspirara una admiración extraordinaria. No porque despertara un entusiasmo incomparable. Sino porque había conseguido algo mucho más valioso: convencer a una parte importante de su entorno de que su propia permanencia era una condición necesaria para la supervivencia de la causa.

La permanencia es una forma de poder mucho más sofisticada que la victoria

Como todos los sacerdotes eficaces, jamás hablaba de sí mismo. Hablaba de principios. Hablaba de responsabilidad. Hablaba de compromiso. Hablaba de futuro. Tenía la capacidad de envolver cualquier decisión política en una niebla moral tan espesa que terminaba pareciendo una obligación ética. Lo admirable no era que lograra convencer a sus seguidores. Lo admirable era que conseguía convencerlos incluso cuando hacía exactamente lo contrario de lo que había defendido unos años antes.

En eso también poseía un talento poco común. Hay políticos que cambian de opinión. Él conseguía algo mucho más difícil: cambiar de opinión sin reconocer jamás que había cambiado de opinión. Cada giro era presentado como una muestra de madurez. Cada rectificación como una prueba de inteligencia. Cada renuncia como un ejercicio de responsabilidad histórica. Mientras otros necesitaban justificar sus contradicciones, él conseguía convertirlas en virtudes.

Siempre existía una razón para esperar. Siempre existía una razón para aplazar. Siempre existía una razón para no hacer hoy lo que ayer parecía urgente.

Las circunstancias habían cambiado. El contexto era diferente. La correlación de fuerzas no era favorable. La sociedad no estaba preparada. Los aliados no respondían. El momento no era el adecuado. La lista de excusas era tan larga que acababa adquiriendo apariencia de doctrina política.

Lo curioso es que todas esas reflexiones, aparentemente tan elevadas, producían siempre el mismo resultado. Había que reforzar la organización. Había que preservar los espacios de poder. Había que proteger la estructura. Había que garantizar la continuidad del proyecto.

Al principio nadie se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Era lógico. Los movimientos políticos suelen empezar persiguiendo una causa concreta. La organización nace para servirla. Su función es proporcionar recursos, coordinación y dirección. Sin embargo, llega un momento en que la organización desarrolla sus propios intereses. Empieza a preocuparse por su supervivencia. Después por su crecimiento. Más tarde por la conservación de sus cuadros, de sus cargos y de sus equilibrios internos.

Entonces sucede algo extraño. La organización deja de ser el instrumento de la causa. La causa empieza a convertirse en el instrumento de la organización. A partir de ese momento todo cambia. Los objetivos dejan de medirse por su utilidad para la causa y empiezan a medirse por su utilidad para la estructura. Las decisiones dejan de tomarse pensando en el destino del movimiento y empiezan a tomarse pensando en la estabilidad de quienes lo administran. El lenguaje sigue siendo el mismo. Se sigue hablando de ideales, de compromiso y de sacrificio. Pero debajo de las palabras ya se está librando otra batalla.

La organización dejó de ser el instrumento de la causa. La causa empezó a convertirse en el instrumento de la organización

Él comprendió ese mecanismo mejor que nadie. Por eso hablaba constantemente de unidad. No porque la unidad fuera imprescindible para alcanzar el objetivo, sino porque era imprescindible para mantener su posición dentro del movimiento. Por eso desconfiaba de cualquier liderazgo alternativo que pudiera introducir un elemento de incertidumbre. Por eso contemplaba cualquier discrepancia como una amenaza existencial que podía alterar el equilibrio que le permitía seguir ocupando el centro del escenario.

Los movimientos políticos suelen creer que pertenecen a sus militantes. A veces creen que pertenecen a sus votantes. Otras veces creen que pertenecen a una nación, a una idea o a una generación. La realidad suele ser bastante más vulgar. Con frecuencia terminan perteneciendo a quienes controlan la maquinaria. Y una vez que alguien confunde la maquinaria con la causa, cualquier decisión puede justificarse. Incluso aquellas que unos años antes habrían parecido una traición.

Las victorias tienen un problema que rara vez aparece en los discursos políticos. Obligan a hacerse cargo de las consecuencias. Durante años se nos ha educado en la idea de que todos los dirigentes desean alcanzar los objetivos que proclaman, como si la política fuera una actividad practicada por místicos medievales obsesionados con la verdad. La realidad suele ser bastante más vulgar. Alcanzar una meta exige asumir responsabilidades, tomar decisiones difíciles y exponerse al juicio de los hechos. Una derrota, en cambio, ofrece ventajas mucho más interesantes. Permite explicar, reinterpretar, matizar y aplazar. Permite construir relatos. Permite conservar posiciones. Permite seguir prometiendo lo mismo durante años sin tener que demostrar jamás que era posible cumplirlo.

Él parecía haber comprendido esta lógica mucho antes que sus seguidores. Mientras los más entusiastas seguían obsesionados con el destino final del movimiento, él dirigía su atención hacia algo mucho más tangible: la gestión del trayecto. Aquellos que aún creían que la política consistía en alcanzar objetivos se desesperaban ante cada retroceso. Él, en cambio, conservaba una serenidad admirable. No porque estuviera convencido de que las cosas acabarían saliendo bien, sino porque había descubierto que incluso cuando salían mal podía seguir ocupando exactamente el mismo lugar.

Con el paso de los años desarrolló una capacidad extraordinaria para convertir cualquier resultado en una confirmación de sus tesis. Si el movimiento avanzaba, era una demostración de que la estrategia había sido correcta. Si retrocedía, era una demostración de que hacía falta profundizar en ella. Si los acontecimientos le daban la razón, quedaba acreditada su inteligencia política. Si se la quitaban, era porque la realidad había sido más compleja de lo previsto. Nunca existía una situación en la que pudiera extraerse una conclusión perjudicial para su liderazgo. Era un sistema intelectual perfecto, comparable a esos mecanismos religiosos en los que cualquier acontecimiento, incluso el más contradictorio, termina reforzando la fe de los creyentes.

Lo verdaderamente fascinante era observar la transformación moral que este fenómeno producía a su alrededor. Aquellos que señalaban errores eran acusados de sembrar división. Aquellos que reclamaban resultados eran presentados como impacientes incapaces de comprender la profundidad de la estrategia. Aquellos que recordaban viejas promesas eran tratados como adolescentes políticos que todavía no habían descubierto las complejidades del mundo adulto. Poco a poco se fue instalando una atmósfera extraña en la que el fracaso dejaba de ser un problema para convertirse en un argumento. Cuanto peor salían las cosas, más necesario parecía su liderazgo. Cuantas más decepciones acumulaba el movimiento, más imprescindible se volvía la figura encargada de administrarlas.

Tal vez porque había comprendido una verdad incómoda que muchos dirigentes descubren demasiado tarde. Existen personas que utilizan el poder para alcanzar un objetivo. Existen otras que convierten el objetivo en una herramienta para conservar el poder. A simple vista ambas categorías pueden parecer idénticas. Durante años pronuncian los mismos discursos, participan en los mismos actos y repiten las mismas consignas. La diferencia solo se vuelve visible cuando llegan las derrotas. Los primeros las viven como un fracaso. Los segundos descubren en ellas una magnífica oportunidad para reforzar su posición.

Y entonces ocurre algo extraordinario. El movimiento deja de avanzar, pero la estructura continúa creciendo. Los objetivos se alejan, pero la organización se fortalece. Las promesas se vuelven más difusas, pero los mecanismos internos de control funcionan mejor que nunca. Es en ese momento cuando uno empieza a sospechar que quizá la prioridad ya no es conquistar nada. Quizá la prioridad consiste simplemente en seguir administrando la conquista pendiente.

Los objetivos se alejaban. Las promesas se volvían más difusas. Pero la estructura seguía creciendo

Sus partidarios insistían en que era imprescindible porque conocía mejor que nadie el camino. Sus adversarios empezaban a sospechar algo más inquietante: que llevaba tanto tiempo dirigiendo la expedición que había terminado desarrollando un interés personal en que el viaje nunca concluyera.

El hombre del que he estado hablando se llamaba Joseph Fouché y tuvo la fortuna —o la desgracia— de vivir en una de las épocas más violentas y fascinantes de la historia europea.

Fouché apareció durante la Revolución Francesa, aquel gigantesco laboratorio político en el que los hombres se dedicaban a proclamar principios universales por la mañana y a enviarse mutuamente a la guillotina por la tarde. Como tantos otros revolucionarios de su tiempo, hablaba en nombre del pueblo, de la virtud y del progreso. La diferencia es que, mientras sus compañeros parecían convencidos de aquellas palabras, él parecía mucho más interesado en comprender quién seguiría vivo cuando terminara la ceremonia.

La Revolución devoró a una generación entera de dirigentes. Los grandes nombres que llenan los libros de historia fueron apareciendo y desapareciendo como actores de una obra escrita por un dramaturgo alcohólico y especialmente cruel. Robespierre acabó en la guillotina. Danton acabó en la guillotina. Hébert acabó en la guillotina. Los jacobinos desaparecieron. Los moderados desaparecieron. Los radicales desaparecieron. Incluso quienes lograban imponerse durante un tiempo acababan descubriendo que la victoria era simplemente la antesala de una derrota ligeramente más espectacular. Fouché, sin embargo, seguía allí.

Cuando la Revolución se transformó en el Directorio, siguió allí. Cuando el Directorio fue sustituido por Napoleón, siguió allí. Cuando Napoleón convirtió Francia en un imperio, siguió allí. Cuando el imperio se derrumbó y regresaron los Borbones, siguió allí. Resulta difícil encontrar un personaje comparable en la historia política europea. No porque acumulara victorias extraordinarias ni porque poseyera una inteligencia excepcionalmente brillante, sino porque parecía haber descubierto una forma de existencia política independiente de las ideologías, los regímenes y las circunstancias.

Mientras otros servían a una causa concreta, él desarrolló una habilidad mucho más sofisticada: conseguir que todas las causas terminaran necesitándolo. Los revolucionarios pensaban que trabajaba para la Revolución. Los bonapartistas pensaban que trabajaba para Napoleón. Los monárquicos pensaban que trabajaba para la restauración. Lo verdaderamente inquietante es que probablemente ninguno de ellos comprendió nunca que Fouché trabajaba únicamente para Fouché.

Hay hombres que utilizan una causa para conquistar el poder. Y hombres que utilizan el poder para conquistar una causa

Por eso su figura sigue resultando tan fascinante dos siglos después. Porque representa una categoría humana que aparece una y otra vez en la historia. No la del héroe ni la del traidor, categorías demasiado simples para explicar ciertos fenómenos políticos. Fouché pertenece a una especie mucho más rara: la de los hombres que convierten una causa en una profesión y una profesión en una forma de supervivencia. Mientras los demás se juegan el futuro en cada batalla, ellos se especializan en sobrevivir a todas.

Joseph Fouché comprendió este mecanismo mejor que nadie. No sobrevivió a la Revolución porque fuera el más valiente. Tampoco porque fuera el más brillante. Ni siquiera porque fuera el más despiadado. Sobrevivió porque entendió algo que los revolucionarios, los emperadores y los restauradores nunca terminaron de comprender: para algunos hombres el poder no es un medio. Es el destino.

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