La libertad madrileña

La libertad madrileña

Madrid lleva décadas vendiéndose como una ciudad abierta donde nadie pregunta de dónde eres. Y en parte es verdad. A Madrid uno puede llegar siendo gallego, murciano, catalán o extremeño y, al cabo de unos meses, sentir que pertenece a algo más grande, más moderno y bastante más importante que el lugar del que salió. Mucha gente aterriza allí con la sensación de haber entrado por fin en “la realidad”, como si todo lo anterior hubiese sido una especie de prólogo provinciano antes de empezar la vida de verdad. Y seguramente ahí reside la gran victoria cultural de Madrid.

Además, la idea de ese Madrid abierto, moderno y acogedor suele ser repetida precisamente por gente que pertenece desde hace generaciones al corazón del poder español. Hijos de notarios, políticos, empresarios, periodistas o familias perfectamente conectadas con el aparato económico y mediático del país que explican orgullosos que “en Madrid nadie pregunta de dónde eres”, un poco con la misma satisfacción paternalista con la que una familia rica presume de tratar muy bien al servicio doméstico porque le deja sentarse cinco minutos en la mesa durante el brindis de Navidad. Hay algo profundamente aristocrático en esa forma madrileña de entender la tolerancia. Una tolerancia que consiste básicamente en integrar a todo el mundo siempre que nadie cuestione quién manda realmente en la casa.


Madrid consiguió algo mucho más eficaz que imponer su identidad: convertirla en normalidad.


Madrid no necesita imponerse como una identidad agresiva porque hace tiempo que consiguió algo mucho más eficaz: convertir su manera de mirar España en la manera normal de mirar España. Cuando una visión del mundo logra parecer neutral, ya ni siquiera necesita defenderse demasiado. Funciona sola. Se vuelve ambiente, paisaje, sentido común.

La ciudad cae simpática porque parece no exigir nada. Uno puede hablar con cualquier acento, venir de cualquier sitio, votar casi cualquier cosa, acostarse con quien quiera y sentirse rápidamente integrado. Comparada con muchas ciudades pequeñas o medianas donde todavía pesa la familia, el apellido, el barrio o la vigilancia social constante, Madrid aparece como una especie de liberación colectiva. Y para mucha gente lo es.

El chico de pueblo que durante años tuvo que esconder su homosexualidad llega a Chueca y siente que por fin puede existir tranquilo. El opositor aterriza en un estudio diminuto de Lavapiés, empieza a pagar cafés a cuatro euros servidos por un argentino con dos másteres y cree haber entrado en una especie de adultez sofisticada simplemente porque ahora vive rodeado de gente igual de sola que él. El periodista autonómico llega convencido de que en Madrid está “el mundo real” y no tarda demasiado en empezar a escribir exactamente igual que el resto de periodistas madrileños. Incluso muchos políticos periféricos acaban absorbidos por esa lógica. Llegan criticando el centralismo y terminan peleándose por una silla en una tertulia, una dirección general o una columna en algún periódico nacional.


Madrid ofrece una cosa muy concreta: la posibilidad de empezar otra vez sin que nadie recuerde quién eras antes.


Madrid ofrece una cosa muy concreta: la posibilidad de empezar otra vez sin que nadie recuerde quién eras antes. Y en una época donde todo el mundo quiere reinventarse constantemente, el anonimato se parece muchísimo a la libertad. Mucha gente llega allí intentando escapar de algo: de su pueblo, de su familia, de una determinada clase social, de una lengua que le incomoda o simplemente de una vida que considera demasiado pequeña. Madrid les ofrece una especie de amnistía personal permanente. La posibilidad de convertirse en individuos modernos, móviles, intercambiables y sin demasiadas raíces visibles. Y es lógico que eso resulte atractivo, sobre todo en sociedades cada vez más atomizadas donde cualquier vínculo estable empieza a vivirse como una carga.

Pero conviene entender qué tipo de libertad ofrece exactamente Madrid. Porque Madrid tolera bastante bien cualquier diferencia mientras esa diferencia no pretenda convertirse en un marco propio. El catalán folclórico siempre cae bien. El que mezcla castellano y catalán para parecer simpático, hace bromas sobre calçots y termina tomando gin-tonics en Malasaña mientras asegura que “en el fondo todos somos iguales”. Ese gusta muchísimo. Igual que gusta el vasco convertido en personaje pintoresco o el chico de provincias fascinado por la Gran Vía como quien entra por primera vez en una reproducción low cost de Nueva York construida a base de Primarks gigantes, musicales mediocres y terrazas llenas de gente actuando constantemente delante de alguien.

Desde la capital de España llevan años intentando convencer al resto de España de que comprar una sudadera en Callao y pagar veinte euros por un brunch es cosmopolitismo.


Madrid adora las diferencias cuando funcionan como decoración. El problema empieza cuando dejan de comportarse como invitadas.


La capital adora las diferencias cuando funcionan como decoración. Cuando aportan color, acento o una cierta sensación de diversidad controlada. El problema empieza cuando esas diferencias dejan de comportarse como invitadas. Porque el problema nunca ha sido que alguien sea catalán. El problema empieza cuando deja de aceptar que su lengua sea simplemente un detalle simpático o una extravagancia regional útil para el turismo de fin de semana. Cuando pretende que su manera de ver el país tenga exactamente la misma legitimidad que la visión producida desde Madrid. Cuando deja de pedir permiso.

Ahí aparece rápidamente el paternalismo, la caricatura y esa condescendencia disfrazada de cosmopolitismo tan típica de ciertos ambientes madrileños. El famoso “yo es que me siento ciudadano del mundo” suele esconder muchas veces algo bastante más simple: gente muy cómoda viviendo exactamente en el centro del poder diciéndole al resto que las identidades son absurdas justo cuando las suyas ya se han convertido en norma invisible.

Por eso resulta bastante ingenua toda esa idea de que Madrid “no tiene identidad”. Claro que la tiene. Lo que pasa es que las identidades verdaderamente hegemónicas ya no necesitan exhibirse constantemente. Funcionan mejor cuando parecen invisibles. Uno entra en ellas sin darse cuenta, como entra en el aire acondicionado de un hotel caro o en la música ambiental de una tienda de lujo. Madrid ha conseguido precisamente eso: convertir su propia visión cultural y política en algo aparentemente neutral. Y cuando una identidad logra parecer neutral, cualquier alternativa empieza automáticamente a parecer exagerada, incómoda o sospechosa.


Madrid no suele destruir identidades. Hace algo bastante más inteligente: las convierte en estética.


Además Madrid tiene una capacidad extraordinaria para hacer que mucha gente confunda integración con ascenso social. Nadie obliga explícitamente a nadie a pensar de determinada manera. Simplemente uno entiende muy rápido cuáles son los límites invisibles de lo aceptable si quiere formar parte de determinados círculos culturales, mediáticos o profesionales. Qué acentos resultan simpáticos. Qué ideas empiezan a generar incomodidad. Qué símbolos pueden enseñarse como folklore y cuáles empiezan a interpretarse como amenaza.

Es probable que ahí resida buena parte de su verdadero poder. Madrid no suele destruir identidades. Hace algo bastante más inteligente: las convierte en estética, en gastronomía regional, en acento simpático, en folklore consumible durante un fin de semana o directamente en decoración cultural para una sociedad que presume constantemente de pluralidad mientras mantiene intacto el mismo centro político, económico y mediático de siempre.

Madrid no domina España porque obligue a nadie a parecerse a Madrid. La domina porque ha conseguido que muchísima gente quiera hacerlo voluntariamente.

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