Hay personas que entienden el funcionamiento de los grupos humanos mucho antes de haber entendido casi cualquier otra cosa importante de la vida. Uno las reconoce enseguida durante la infancia porque poseen una especie de inteligencia ambiental que les permite detectar qué tono conviene utilizar, qué opiniones generan aprobación y de qué manera hay que colocarse dentro de una conversación para producir admiración. A veces ni siquiera destacan académicamente de forma extraordinaria, aunque suelen obtener buenas notas porque la escuela recompensa bastante más la adaptación psicológica al entorno que la originalidad o la profundidad. Lo verdaderamente llamativo aparece en otro lugar: la facilidad con la que consiguen transmitir sensación de seguridad, de madurez y de superioridad intelectual a edades en las que la mayoría de los niños todavía están preocupados por no hacer el ridículo en el patio.
Occidente lleva décadas confundiendo la capacidad de producir sensación de inteligencia con la inteligencia misma.
Los adultos sienten una debilidad inmensa por este tipo humano. Les tranquiliza. Les parece refinado. Hay algo en esos niños perfectamente integrados dentro de las expectativas sociales que produce alivio psicológico, como si contemplarlos permitiera imaginar durante unos segundos que el mundo continuará funcionando razonablemente bien y que nadie acabará quemando contenedores delante del ayuntamiento. Hablan bien, sonríen correctamente, aprenden rápido qué expresiones generan aprobación y desarrollan muy pronto el talento de no incomodar jamás demasiado a quien tiene autoridad.
El niño bien hablado, seguro de sí mismo y capaz de mirar a un profesor sin parecer intimidado rara vez aparece por generación espontánea. Normalmente procede de familias que llevan décadas moviéndose cómodamente dentro de entornos universitarios, institucionales o profesionales donde el lenguaje correcto, la seguridad verbal y la gestión de las apariencias forman parte de la educación sentimental casi desde la cuna.
Precisamente por eso producen tanta fascinación en ambientes populares: proyectan la sensación de pertenecer de manera natural a un mundo al que la mayoría de la población únicamente accede como espectadora. Probablemente ahí empieza una de las grandes confusiones de las democracias contemporáneas.
Porque la mayoría de la población continúa reaccionando ante ciertos perfiles públicos con una mezcla de admiración, obediencia cultural e inferioridad psicológica bastante parecida a la que habría experimentado un campesino medieval observando a un noble capaz de leer latín. Un plató de televisión sigue impresionando muchísimo a gente que jamás ha pisado espacios semejantes y que todavía asocia la presencia mediática con alguna forma superior de inteligencia. Basta un traje bien ajustado, cierta rapidez verbal y una expresión moderadamente grave para que millones de personas concluyan automáticamente que están delante de alguien importante.
“Millones de personas siguen confundiendo un plató de televisión con una prueba de autoridad intelectual.”
La situación tiene algo profundamente cómico porque buena parte de esta supuesta aristocracia intelectual contemporánea consiste en realidad en individuos extremadamente adaptados al ecosistema mediático y burocrático. Gente que lleva media vida perfeccionando el arte de sonar inteligente sin decir nada demasiado concreto, como esos alumnos aventajados capaces de hablar diez minutos seguidos sobre “los retos de la convivencia democrática” mientras uno siente la misma experiencia espiritual que escuchando las instrucciones de seguridad de un vuelo Madrid-Frankfurt.
Muchos empezaron ya en el colegio. Nunca eran especialmente raros. Nunca desarrollaban obsesiones inquietantes. Nunca pasaban tres meses aprendiendo por diversión la alineación completa del Real Zaragoza del 95 o leyendo sobre submarinos soviéticos, que suele ser aproximadamente el tipo de comportamiento donde empieza cualquier inteligencia realmente interesante. Ellos entendían otra cosa: el decorado. Comprendían enseguida cómo hablar, cómo agradar, cómo producir sensación de sofisticación y cómo sobrevivir dentro de estructuras humanas sin generar incomodidad excesiva.
Décadas después terminan en política, en consultoras, en departamentos de comunicación institucional o presentando tertulias sobre polarización y resiliencia emocional mientras cobran más dinero que un neurocirujano por enlazar frases vacías con expresión moderadamente preocupada.
“La democracia contemporánea no selecciona a los más inteligentes. Selecciona a los más adaptados al decorado.”
Da igual que uno vote a Pedro Sánchez, a Pablo Iglesias, a Oriol Junqueras o a cualquier versión autonómica del alumno aventajado europeo contemporáneo. Cambian las corbatas, el tono emocional y el tipo de entusiasmo con Europa o con la transición ecológica, pero el patrón psicológico resulta extraordinariamente parecido. Personas extremadamente eficaces leyendo el clima moral de cada época y adaptándose a él con la flexibilidad elegante de un relaciones públicas de hotel de lujo.
Lo verdaderamente inquietante ni siquiera reside en ellos. Al final toda sociedad produce especialistas en administrar símbolos, relatos y emociones colectivas. Lo inquietante aparece cuando sociedades enteras empiezan a confundir capacidad escénica con profundidad intelectual y terminan entregando prestigio, autoridad moral y poder político a individuos seleccionados casi exclusivamente por su adaptación al ecosistema mediático.
Existe además una ingenuidad enorme alrededor del funcionamiento real del poder. Muchísima gente imagina todavía que quienes aparecen diariamente en televisión son quienes toman las decisiones profundas sobre el funcionamiento de una sociedad, cuando gran parte de la clase política actúa simplemente como una aristocracia comunicativa encargada de gestionar emocionalmente a la población dentro de márgenes bastante estrechos fijados por inercias económicas, financieras y burocráticas muchísimo más estables que cualquier gobierno.
Por eso cambia constantemente el discurso político mientras la dirección profunda de las sociedades occidentales permanece extrañamente intacta. Los alumnos aventajados pasan años perfeccionando su capacidad escénica para acabar convertidos en administradores elegantes de procesos que apenas controlan. Algunos lo saben perfectamente y viven bastante cómodos con ello. Otros incluso terminan creyéndose el personaje, que seguramente constituye la fase más avanzada de la profesión política contemporánea.
“La nueva aristocracia occidental no gobierna: comunica.”
Mientras tanto, millones de ciudadanos continúan observándolos con una mezcla de fascinación y respeto cultural porque proyectan exactamente aquello que sociedades cada vez más desorientadas han decidido admirar: seguridad verbal, sofisticación superficial y capacidad de transmitir tranquilidad institucional delante de una cámara. Durante siglos Europa produjo militares, científicos, sacerdotes o exploradores. La democracia televisiva ha terminado produciendo expertos en parecer razonables en entrevistas de treinta minutos mientras el país se degrada lentamente alrededor.
Quizá ahí resida parte del agotamiento extraño que recorre Occidente. Décadas fabricando especialistas extraordinarios en parecer competentes mientras la sensación de decadencia colectiva se expande lentamente por todas partes. Quizá ambas cosas estén bastante más relacionadas de lo que a los alumnos aventajados les gustaría admitir.


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