Hace unos meses hablaba con un amigo que acababa de comprar un piso. O mejor dicho, acababa de comprar una hipoteca, porque el piso seguiría perteneciendo al banco durante una parte considerable de su existencia. Como suele ocurrir cuando dos personas de nuestra edad hablan de vivienda, la conversación derivó rápidamente hacia el precio de los inmuebles, los salarios, los alquileres y todas esas cuestiones que los menores de cuarenta años comentan hoy con la misma frecuencia con la que sus padres comentaban el tiempo. En un momento dado me dijo algo que apenas me llamó la atención. «Bueno, al menos mis padres me ayudaron con la entrada». No me llamó la atención porque conozco muy poca gente de mi generación que haya conseguido comprar una vivienda sin algún tipo de ayuda familiar. Algunos recibieron dinero directamente. Otros un aval. Otros una herencia anticipada. Otros simplemente la posibilidad de quedarse en casa hasta los treinta y muchos mientras ahorraban. Lo excepcional se ha vuelto tan habitual que ya ni siquiera nos parece excepcional.
Cuando nuestros padres tenían nuestra edad, independizarse era un episodio más o menos normal de la vida adulta. Hoy se parece más a una operación financiera. Hemos aceptado con sorprendente naturalidad que una persona pueda estudiar durante años, incorporarse al mercado laboral, acumular experiencia profesional y seguir necesitando la ayuda económica de sus padres para acceder a cosas que hace apenas dos generaciones parecían razonablemente corrientes. Lo curioso es que casi nunca pensamos en ello en términos políticos. Hablamos constantemente de la vivienda, de los salarios, de la precariedad o de la salud mental, pero rara vez nos detenemos a observar el dibujo completo. Y cuanto más se observa ese dibujo, más difícil resulta creer que la principal fractura de la España contemporánea sea ideológica, territorial o incluso económica. La impresión que uno acaba teniendo es que existe una división más profunda y más silenciosa, una división que atraviesa barrios, partidos, clases sociales y comunidades autónomas. La impresión que uno acaba teniendo es que los mayores se quedaron con España.
La principal fractura de la España contemporánea quizá ya no sea ideológica ni territorial. Es generacional
Existe una tendencia bastante humana a considerar normales las circunstancias en las que uno creció. Quienes nacieron en la posguerra pensaban que la escasez era una característica inevitable de la existencia. Quienes crecieron durante los años de expansión económica acabaron considerando natural una prosperidad que, observada con cierta distancia histórica, resulta bastante excepcional. Tengo la impresión de que algo parecido ha ocurrido con una parte importante de la generación que hoy ocupa las posiciones centrales de la sociedad española. No porque trabajaran menos que sus hijos ni porque fueran personas especialmente privilegiadas a título individual. Simplemente porque les tocó vivir una combinación de circunstancias que difícilmente volverá a repetirse.
La España que encontraron al llegar a la edad adulta era un país con enormes carencias, pero también un país en pleno proceso de expansión. La vivienda era accesible para amplias capas de la población. Los salarios crecían. El empleo estable era mucho más frecuente. La universidad seguía funcionando como un auténtico ascensor social. Formar una familia no exigía un plan financiero comparable al desembarco de Normandía. Comprar un piso requería esfuerzo, por supuesto, pero no obligaba a hipotecar cuarenta años de vida ni a solicitar ayuda a tres generaciones distintas de la misma familia.
Lo más interesante es que muchas de aquellas ventajas no eran consecuencia de ninguna virtud particular. Eran consecuencia del contexto. Uno puede trabajar mucho y aun así nacer en el momento equivocado. Del mismo modo, uno puede ser perfectamente corriente y encontrarse en el lugar adecuado cuando las condiciones económicas empujan a favor. Esto no debería escandalizar a nadie. La historia funciona así. Lo extraño es que a menudo se habla de aquella generación como si hubiera conquistado individualmente todo aquello que recibió colectivamente. Como si la espectacular revalorización del patrimonio inmobiliario, el crecimiento económico de varias décadas o el funcionamiento relativamente favorable del mercado laboral hubieran sido el resultado exclusivo de méritos personales y no también de unas circunstancias históricas extraordinariamente favorables.
Quizá por eso las conversaciones entre generaciones suelen acabar convirtiéndose en diálogos absurdos. Los padres recuerdan las dificultades que tuvieron para comprar su primera vivienda. Los hijos observan el precio actual de esa misma vivienda y llegan a la conclusión de que pertenecen a universos paralelos. Ambos tienen razón y ambos se equivocan. Los primeros recuerdan correctamente el esfuerzo que realizaron. Los segundos perciben correctamente que las reglas del juego ya no son las mismas. El problema aparece cuando se intenta comparar ambas experiencias como si pertenecieran al mismo país y al mismo momento histórico.
Durante años se nos ha repetido que vivimos en una sociedad cada vez más igualitaria. Sin embargo, resulta difícil encontrar una desigualdad más evidente que la que existe entre quien accedió al mercado inmobiliario en determinadas décadas y quien intenta hacerlo ahora. No se trata únicamente de una diferencia de ingresos. Es una diferencia de posición histórica. Algunos llegaron cuando la fiesta estaba empezando. Otros aparecieron cuando ya quedaban pocas botellas sobre la mesa y alguien había decidido multiplicar por diez el precio de la entrada.
No hay ninguna conspiración detrás de todo esto. De hecho, las conspiraciones suelen ser una forma bastante infantil de explicar la realidad. Lo que existe es algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más eficaz. Cuando una generación acumula patrimonio, estabilidad y poder político durante varias décadas, acaba desarrollando una tendencia natural a considerar que sus intereses particulares coinciden con el interés general del país. No hace falta reunirse en una sala oscura ni redactar ningún plan secreto. Basta con que millones de personas quieran conservar aquello que tienen.
La política española lleva años funcionando de esta manera. No porque exista un partido de los mayores, sino porque prácticamente todos los partidos entienden quién constituye su electorado más fiable. Los jóvenes cambian de ciudad, emigran, se abstienen, se desencantan o simplemente tienen demasiados problemas como para seguir la actualidad parlamentaria con entusiasmo. Los mayores votan. Votan mucho. Votan siempre. Votan cuando están satisfechos y votan cuando están enfadados. En una democracia, esa diferencia importa más de lo que solemos admitir.
Los mayores votan. Votan mucho. Votan siempre
Por eso resulta tan llamativo observar las prioridades del debate público. Se habla constantemente de cómo proteger el valor de la vivienda, pero mucho menos de cómo abaratar su acceso. Se habla de garantizar determinadas rentas, pero rara vez de cómo facilitar que las nuevas generaciones acumulen patrimonio propio. Se habla de estabilidad, una palabra que suele sonar muy bien hasta que uno descubre que, en ocasiones, estabilidad significa simplemente conservar intacta una determinada distribución de ventajas.
Durante una década se nos dijo que el gran conflicto político español era territorial. España contra Cataluña. Independentistas contra unionistas. Banderas contra banderas. Y sin embargo, mientras millones de personas discutían apasionadamente sobre dónde debía trazarse una frontera, otra frontera mucho más importante seguía avanzando en silencio. La frontera que separa a quienes pudieron construir una vida bajo unas determinadas condiciones materiales y quienes descubren que esas condiciones han desaparecido. Independentistas y constitucionalistas han dedicado años a disputarse el país. El problema es que una parte creciente de los jóvenes empieza a sospechar que ese país ya no les pertenece demasiado.
La cuestión no afecta únicamente a la vivienda. Afecta a la forma misma en que imaginamos el futuro. Hay algo profundamente extraño en una sociedad donde cada generación espera vivir un poco peor que la anterior. Durante buena parte del siglo XX existía un pacto implícito bastante simple. Los hijos tendrían más oportunidades que los padres. Quizá no fueran ricos, quizá no alcanzaran posiciones extraordinarias, pero vivirían mejor. Ese pacto no estaba escrito en ninguna parte, pero era uno de los pilares invisibles sobre los que descansaba la estabilidad de las sociedades occidentales.
Lo inquietante es que cada vez resulta más difícil encontrar a alguien menor de cuarenta años que crea sinceramente en él. Y cuando una sociedad deja de confiar en el futuro, comienza a mirar el presente de otra manera. Lo que antes parecía una ventaja razonable empieza a parecer un privilegio. Lo que antes parecía una conquista legítima empieza a parecer una puerta cerrada. Lo que antes parecía normal empieza a suscitar una pregunta incómoda: si todo esto era tan natural, ¿por qué resulta cada vez más difícil repetirlo?
Hoy independizarse se parece mucho más a una operación financiera que a un episodio normal de la vida adulta
Lo más sorprendente de esta historia no es que exista una fractura generacional. Lo sorprendente es la ausencia de consecuencias visibles. Si uno observa únicamente los datos sobre vivienda, natalidad, ahorro o emancipación, podría esperar una tensión política mucho mayor. En otros momentos de la historia, generaciones con perspectivas similares habrían desarrollado movimientos de protesta permanentes, partidos propios o formas más o menos radicales de contestación. Sin embargo, en España ocurre algo distinto. Los jóvenes se quejan, ironizan en redes sociales, envían currículums al extranjero o retrasan indefinidamente determinados proyectos vitales, pero rara vez convierten ese malestar en una fuerza política organizada.
Creo que la explicación tiene menos que ver con la resignación de lo que parece. Tiene que ver con la familia. La familia española sigue funcionando como una institución económica mucho más importante de lo que estamos dispuestos a reconocer. Cuando el Estado falla, aparecen los padres. Cuando el mercado inmobiliario se vuelve inaccesible, aparecen los padres. Cuando llegan los hijos y las cuentas dejan de cuadrar, vuelven a aparecer los padres. Una parte considerable de la estabilidad social española descansa sobre esa realidad. Nos gusta pensar que vivimos en una sociedad sostenida por grandes estructuras administrativas, pero en la práctica buena parte de los problemas cotidianos siguen resolviéndose alrededor de una mesa familiar.
Esto produce una situación bastante peculiar. La misma generación que concentra una parte importante del patrimonio inmobiliario es también la que financia, avala y sostiene a quienes no pueden acceder a él. Los potenciales perjudicados dependen económicamente de los potenciales beneficiarios. La tensión existe, pero queda amortiguada. No desaparece. Simplemente se transforma. Lo que en otras circunstancias podría convertirse en un conflicto político acaba convirtiéndose en una transferencia familiar.
Por eso las conversaciones sobre vivienda suelen terminar de una manera extraña. Se critica el sistema durante veinte minutos y, al cabo de un rato, alguien menciona que sus padres le ayudaron con la entrada. Otro explica que heredará un piso. Otro reconoce que sigue viviendo en casa porque así puede ahorrar. Otro admite que sin el apoyo familiar no habría podido tener hijos. De repente la conversación cambia de tono. La crítica se vuelve más prudente. Más ambigua. Más incómoda. Porque la realidad española tiene algo de paradoja. Quienes más motivos tendrían para cuestionar el sistema son también quienes más dependen de él a través de sus propios padres.
El propietario también es tu padre. El avalista también es tu padre
Hay algo parecido en la relación que mantenemos con determinados privilegios administrativos. Resulta llamativo observar cómo ciertas ventajas apenas generan contestación social. No porque la gente las considere necesariamente justas, sino porque casi todas las familias participan de ellas de una manera u otra. Siempre hay un funcionario, un jubilado, un empleado público o alguien cuya situación depende parcialmente de la continuidad del sistema. La red de intereses es tan amplia que la crítica nunca termina de desarrollarse del todo. Ocurre algo parecido con la cuestión generacional. La generación dominante no necesita defenderse activamente. Cuenta con millones de hijos que, aunque perciban el problema, siguen vinculados a ella por relaciones económicas, afectivas y familiares imposibles de romper.
Quizá por eso no ha habido ninguna revolución generacional en España. Porque las revoluciones suelen producirse cuando los grupos enfrentados pueden identificarse con claridad. Aquí la situación es distinta. El propietario es también tu padre. El avalista es también tu padre. La persona que cuida de tus hijos es también tu padre o tu madre. El sistema genera frustración, pero al mismo tiempo proporciona alivio. Produce dependencia y protección a la vez. Y eso explica muchas cosas.
La verdadera red de seguridad española no son las instituciones. Son los padres. La gran obra política de la generación dominante no ha sido únicamente acumular patrimonio o influencia. Ha sido conseguir que buena parte de quienes quedaron en peor posición dependan de ella para construir una vida razonablemente estable. Esa es probablemente la razón por la que la tensión existe por todas partes y, sin embargo, casi nunca termina de explotar.
Quizá el efecto más profundo de todo esto no sea económico. Ni siquiera político. Quizá sea psicológico. Durante generaciones, los europeos vivieron con la convicción más o menos razonable de que el futuro sería mejor que el pasado. No necesariamente más feliz, porque la felicidad nunca ha obedecido demasiado a las estadísticas, pero sí más cómodo, más seguro y más próspero. Esa expectativa se convirtió en uno de los pilares invisibles de nuestras sociedades. La gente aceptaba sacrificios en el presente porque imaginaba recompensas en el futuro. Aceptaba estudiar más, trabajar más o esforzarse más porque daba por hecho que existía una relación entre esas decisiones y una mejora material de sus condiciones de vida.
La sensación que empieza a extenderse entre muchos jóvenes españoles es diferente. No creen que vayan a vivir mejor que sus padres. En muchos casos ni siquiera creen que vayan a vivir igual. Lo interesante es que esta percepción no se limita a quienes atraviesan dificultades económicas graves. Aparece también entre profesionales cualificados, trabajadores estables o personas que, sobre el papel, deberían representar el éxito de la clase media contemporánea. Gente que tiene empleo, estudios y perspectivas razonables, pero que aun así observa determinados aspectos de la vida de sus padres como algo cada vez más lejano.
Las consecuencias de este fenómeno aparecen por todas partes. Aparecen en la natalidad, porque resulta difícil formar una familia cuando la sensación dominante es la incertidumbre. Aparecen en la emigración, porque una parte de la población joven empieza a buscar fuera las oportunidades que no encuentra dentro. Aparecen en la desafección política, porque cuesta tomarse en serio los grandes debates nacionales cuando uno sospecha que ninguno de ellos alterará significativamente sus perspectivas vitales. Y aparecen también en una forma de cansancio colectivo difícil de medir, pero fácil de percibir. Un cansancio que no tiene que ver con la pobreza, sino con la sensación de estar participando en una carrera cuyo resultado parece decidido de antemano.
La cuestión no es si esta situación es justa o injusta. La historia nunca ha mostrado demasiado interés por esas categorías. La cuestión es cuánto tiempo puede mantenerse un sistema que necesita de la ayuda familiar para corregir problemas que debería resolver por sí mismo. Porque una sociedad puede sobrevivir mucho tiempo gracias al patrimonio acumulado por sus padres. Puede incluso prosperar durante un tiempo. Lo que resulta más difícil es construir un futuro cuando la principal esperanza de una generación consiste en heredar el pasado.
La principal esperanza de una generación no debería consistir en heredar el pasado
Quizá los mayores se quedaron con España. Lo que todavía no sabemos es qué ocurrirá cuando sus hijos dejen de esperar que algún día se la devuelvan.


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