Ya nadie nos llevará al Sur

Ya nadie nos llevará al Sur

Stuart Pedrell quería irse a los mares del Sur. En la novela de Vázquez Montalbán, durante un tiempo todos creen que el empresario ha cumplido su fantasía y se ha largado a la Polinesia, lejos de Barcelona, de su familia, de sus negocios y, probablemente, de sí mismo. La frase de Quasimodo que sobrevuela la historia —Più nessuno mi porterà nel Sud— contiene algo más interesante que una nostalgia geográfica. Hay un momento en que uno descubre que el Sur no era exactamente un lugar y que, sobre todo, nadie va a llevarlo hasta allí.

Nosotros hemos desarrollado una relación bastante más confortable con nuestros mares del Sur. Seguimos convencidos de que existen, pero preferimos que conduzca otro. Cada cierto tiempo escogemos a alguien para que arregle la vivienda, mejore los salarios, controle la inmigración, garantice la seguridad y consiga, ya puestos, que nazcan más niños. En Catalunya añadimos además que conserve la lengua, recomponga la cohesión nacional y encuentre una salida satisfactoria al conflicto con España. No está mal para cuatro años y algún pleno de control los miércoles.

Los políticos tampoco hacen demasiado por corregir el malentendido. Resulta difícil ganar unas elecciones explicando que el problema sobre el que llevas tres meses hablando tiene veinte años de antigüedad, depende de varias administraciones, enfrenta intereses incompatibles y probablemente seguirá existiendo cuando hayas abandonado el cargo. «Intentaré mejorarlo dentro de unas restricciones bastante desagradables» sigue teniendo poco recorrido en una valla publicitaria. Es más rentable prometer una solución y, cuando no llega, descubrir que alguien no te dejó aplicarla.

Es más rentable prometer una solución y, cuando no llega, descubrir que alguien no te dejó aplicarla.

La vivienda ofrece un buen ejemplo porque consigue que casi todos queramos cosas incompatibles al mismo tiempo. Alquileres baratos y propietarios tranquilos, ciudades atractivas que no se encarezcan, más pisos sin construir demasiado, barrios vivos sin turistas y protección para casi todo el mundo salvo, a ser posible, para quien termine pagando la factura. Detrás de un piso aparecen suelo, licencias, financiación, construcción, salarios, transporte, demografía y años. El ministro puede comparecer esta tarde; el edificio conserva la costumbre, bastante reaccionaria, de tardar en levantarse.

Con la inmigración ocurre algo parecido. Se pueden fijar reglas de entrada, regularizaciones, derechos, obligaciones, recursos para la integración y determinadas exigencias comunes. Se puede acertar o equivocarse mucho. Lo que no existe es una disposición adicional capaz de borrar las consecuencias económicas, culturales y demográficas de movimientos humanos importantes. Tampoco se fabrica una comunidad repartiendo documentos. La integración termina ocurriendo en la escuela, en el trabajo, en el barrio y en la lengua que acaba utilizándose para discutir con el casero o hablar con los compañeros de clase.

La natalidad resulta todavía menos obediente. Un gobierno puede facilitar vivienda, guarderías, permisos y ayudas. Lo que todavía no ha conseguido ninguna administración es que dos personas quieran tener un hijo porque así lo recomienda la estrategia demográfica 2040. La realidad conserva ciertas zonas desagradablemente inmunes al PowerPoint.

Antonio Escohotado dedicó buena parte de Caos y orden a una intuición que la política profesional lleva mal: muchas formas de orden aparecen sin que nadie las haya diseñado completamente desde arriba. Familias, empresas, asociaciones, hábitos y comunidades se organizan mediante millones de decisiones que ningún despacho puede conocer por separado. El orden espontáneo también produce desastres y los gobiernos, de vez en cuando, aciertan. Pero nuestra época conserva una fe conmovedora en el plan estratégico: cuando uno fracasa, solemos responder redactando otro.

El orden espontáneo también produce desastres y los gobiernos, de vez en cuando, aciertan.

Ahí aparece una parte de nuestra frustración política. Esperamos del Estado que intervenga allí donde es imprescindible y, además, que produzca resultados que dependen de millones de decisiones privadas. Después nos sorprende que las cosas se resistan. Si mañana cambiara el Gobierno de España, cambiarían leyes, presupuestos, prioridades y probablemente bastantes políticas. No cambiarían de repente la edad de la población, el número de viviendas disponibles, la productividad, el deseo de tener hijos o las tensiones que acompañan a la inmigración. El nuevo ministro descubriría, con el disgusto habitual, que la realidad no había militado nunca en la oposición.

Catalunya conoció una versión particularmente intensa de esa expectativa durante el procés. Durante unos años pareció que una transformación histórica enorme podía comprimirse en una mayoría parlamentaria, un calendario y unos cuantos nombres propios. Aquello produjo una movilización extraordinaria y también una simplificación formidable de las condiciones necesarias para convertir legitimidad en poder efectivo. Después de 2017 llegaron la actuación del Estado, los tribunales, la prisión, el exilio y las divisiones internas, y una parte de la conversación catalana quedó atrapada en averiguar quién falló, quién tuvo miedo y quién debería haber tomado otra decisión aquella tarde.

Aquello produjo una movilización extraordinaria y también una simplificación formidable de las condiciones necesarias para convertir legitimidad en poder efectivo.

La discusión tiene sentido porque los dirigentes toman decisiones y deben responder por ellas. Lo curioso es la facilidad con la que, después de señalar al responsable de la última decepción, empezamos a buscar al siguiente conductor. Ahora que Puigdemont habla ya de una posible vuelta a Catalunya y explica que quiere primero volver a sentir el país de cerca antes de decidir su futuro político, reaparece inevitablemente la pregunta sobre qué hará después. Es comprensible. Lo sería menos cargar otra vez sobre una sola persona la obligación de resolver, a su regreso, aquello que el país no ha sabido resolver durante su ausencia.

Quizá una parte del problema estuvo siempre en el verbo llevar. Un dirigente puede abrir una oportunidad, asumir riesgos, elegir personas competentes, modificar incentivos o desperdiciar una coyuntura. También tiene intereses propios, aunque periódicamente finjamos descubrirlos con la sorpresa de quien encuentra humedad en un sótano. Quiere conservar su mayoría, proteger su partido, mantener alianzas y disponer mañana de poder suficiente para seguir negociando. No hace falta atribuirle una perversidad especial. Basta con recordar que los políticos son seres humanos que trabajan dentro de organizaciones, y las organizaciones desarrollan muy pronto un sincero cariño por su propia supervivencia.

A los ciudadanos, sin embargo, la ficción del dirigente providencial también nos presta un servicio. Si alguien debe conducirnos hasta el destino, nosotros podemos viajar en el asiento trasero. Votamos, opinamos, protestamos y esperamos. Cuando el vehículo termina en una cuneta, siempre queda el alivio de concluir que el chófer era un inútil y buscar otro, sin perder demasiado tiempo examinando el motor.

Cuando el vehículo termina en una cuneta, siempre queda el alivio de concluir que el chófer era un inútil y buscar otro, sin perder demasiado tiempo examinando el motor.

Tal vez hablamos demasiado de encontrar mejores líderes y bastante menos de qué clase de sociedad podría aprovecharlos. Una ley puede proteger una lengua, pero alguien tendrá que hablarla con sus hijos. Las instituciones pueden facilitar la integración, aunque para integrarse tiene que existir algo reconocible a lo que incorporarse. Y ningún gobierno produce por decreto las empresas, asociaciones, profesores, funcionarios, investigadores o medios que terminan dando consistencia a un país.

Montalbán sabía que los paraísos prometidos empiezan a complicarse en cuanto uno intenta convertirlos en una dirección postal. Puede que con la política suceda algo parecido. Llevamos años preguntándonos quién puede llevarnos al Sur, como si el problema principal fuera encontrar a alguien que supiera conducir. Quizá convendría empezar por mirar el camino y preguntarnos qué parte hemos estado esperando que hicieran otros.

Si quieres seguir pensando en las condiciones materiales del proyecto nacional, puedes leer «2 d’octubre». Y sobre la vuelta de Puigdemont y el futuro de Junts, «El dia que torni Puigdemont».

Si quieres leer más textos como este, puedes suscribirte.
No escribo mucho. Solo cuando hay algo que merece la pena.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *