La otra noche estaba viendo Horizonte cuando Juan Soto Ivars explicó que Pedro Sánchez estaba desmantelando la democracia liberal española. Me preocupó la noticia, especialmente porque desconocía que España hubiera llegado a disfrutar de semejante institución. Siempre había pensado que su sistema político se parecía bastante más a un cortijo con elecciones que al parlamentarismo británico, pero admito que quizá me perdí la edad de oro entre dos renovaciones del Consejo General del Poder Judicial. Lo interesante, en cualquier caso, no era Sánchez, que lleva años monopolizando las pesadillas de media España, sino Soto Ivars. Un escritor inteligente, culto, con talento para la sátira, dedicado a anunciar la demolición de un edificio cuyas grietas eran conocidas bastante antes de que llegara el actual inquilino. Me pregunté cuándo se había decidido que resultaba más interesante escucharlo hablar del presidente que leer sus novelas. Y, sobre todo, cuánto pagaba una actividad en comparación con la otra.

Porque Soto Ivars escribe bien. Publicó Siberia, ganó el Ateneo Joven de Sevilla con Ajedrez para un detective novato y después escribió Crímenes del futuro, una novela de imaginación incómoda y ambición literaria que no parece concebida para agradar a un comité de lectura. Tiene una voz reconocible, sentido del humor y una inteligencia que se agradece en un país donde muchos columnistas escriben como si estuvieran solicitando una subvención. Él mismo ha contado que quiso ser escritor desde adolescente y que la escritura creativa responde enteramente a su vocación, mientras que el columnismo incorpora también una necesidad profesional. No hay nada reprochable en ello. Los novelistas tienen la mala costumbre de comer, pagar el alquiler y pretender que sus hijos lleven zapatos. Lo curioso es que un hombre capaz de inventar personajes, construir ficciones y examinar las contradicciones humanas haya encontrado una parte tan visible de su carrera explicando las contradicciones de Pedro Sánchez, un personaje que, por desgracia, ya viene escrito. Soto Ivars conoce, además, las miserias del oficio. En 2017 escribió en El Confidencial que Eduardo Inda había convertido La Sexta Noche en una versión pedante de Sálvame Deluxe. No le faltaba razón. Nueve años después, sin embargo, el novelista forma parte de ese mismo negocio televisivo, aunque en otra cadena y con otro presentador. El escritor que había diagnosticado la enfermedad terminó encontrando trabajo en el hospital.

La literatura exige tiempo, incertidumbre y una cantidad de trabajo que el mercado remunera con una cicatería admirable. La opinión política ofrece condiciones bastante más atractivas. Basta con encontrar una trinchera, identificar al enemigo y presentarse puntualmente a certificar el hundimiento de España. A la derecha le corresponde anunciar el final de la democracia liberal; a la izquierda, el regreso del fascismo, que lleva tantos años llamando a la puerta que ya debería tener una copia de las llaves. Naturalmente, existen críticas institucionales serias y amenazas políticas que merecen atención. El problema es que la televisión necesita renovarlas cada noche. Una catástrofe que dura demasiado acaba pareciéndose a una serie de sobremesa, y nadie quiere que cancelen el programa.

Lucía Etxebarria ganó el Nadal y el Planeta cuando todavía parecía razonable hacerse famosa escribiendo novelas. Publicó Beatriz y los cuerpos celestes, Un milagro en equilibrio y otros libros que encontraron lectores, reconocimiento y un lugar propio en la narrativa española. Después pasó por Campamento de verano, un reality de Telecinco, y acabó convirtiéndose también en una presencia habitual de las polémicas políticas de X. Hoy mismo, por ejemplo, ha publicado que corre el rumor de que Pedro Sánchez podría fingir un atentado como estrategia electoral. Admite que no sabe si es verdad, pero deja el tuit escrito por si acaso sucede. Es una precaución admirable: si mañana alguien anuncia que el presidente planea secuestrarse a sí mismo, ya habrá quedado constancia de que Etxebarria estaba sobre la pista. Lo fascinante es que una escritora capaz de construir ficciones haya terminado difundiendo una en X sin tomarse siquiera la molestia de convertirla en novela. España no ha dejado de leer literatura fantástica. Simplemente ha cambiado las librerías por las redes sociales.

La televisión política y las redes han descubierto que un escritor puede ser un colaborador magnífico. Dispone de vocabulario, sabe construir una frase y, con un poco de entrenamiento, puede convertir cualquier desacuerdo parlamentario en una crisis de civilización. El problema es que la literatura y la tertulia premian cualidades casi opuestas. Una novela necesita personajes contradictorios, zonas oscuras y preguntas que no siempre encuentran respuesta. El espectador político suele preferir saber de antemano quién va a indignarse y contra quién. No quiere que su intelectual favorito le complique la vida; quiere que formule sus prejuicios con una sintaxis superior. Un escritor que cambia de opinión puede resultar interesante. Un tertuliano que cambia de opinión se arriesga a perder a los espectadores que lo habían contratado, sentimentalmente, para no cambiar nunca la suya.

No quiere que su intelectual favorito le complique la vida; quiere que formule sus prejuicios con una sintaxis superior.

Lo más lamentable es que muchos de estos profesionales son personas brillantes. Han leído, han pensado y podrían ofrecer bastante más que otra interpretación del último escándalo ministerial. Pero una sociedad que remunera mejor la certeza que la inteligencia termina desperdiciando ambas. Es como contratar a un pianista extraordinario para que toque el himno de tu equipo todos los jueves. El músico cobra, el público se emociona y todos regresan a casa convencidos de haber asistido a un acontecimiento cultural. Quizá el pianista disfrute tocándolo. Lo que resulta difícil de comprender es que nadie quiera escuchar qué más sabe hacer.

Y entonces aparece Juan del Val para demostrar que el negocio también funciona al revés. Mientras algunos escritores buscan una silla en televisión para que alguien recuerde sus nombres, él ha conseguido que su notoriedad televisiva acompañe una carrera novelística coronada con el Premio Planeta de 2025. No voy a confundir el éxito comercial con la calidad literaria, una costumbre bastante extendida entre quienes creen que las listas de ventas constituyen una rama de la crítica estética. Las novelas de Del Val pueden discutirse, y desde luego no me parecen una cima de la narrativa contemporánea. Lo indiscutible es la ventaja de llegar a una librería con un rostro que millones de personas ya conocen. El Planeta, además de un premio literario, es una formidable maquinaria comercial. Y Del Val demuestra que, para vender novelas, a veces resulta conveniente haber dedicado antes unos cuantos años a conseguir que el público se interese por cualquier otra cosa que uno tenga que decir.

La paradoja tiene una crueldad difícil de mejorar. Un escritor con talento puede terminar hablando de política para que lo escuchen, mientras un personaje televisivo puede conseguir que lo lean gracias a que ya lo escuchaban. No significa que todos los buenos escritores estén condenados al anonimato ni que los famosos escriban necesariamente mal. Significa que se ha construido un mercado cultural donde la notoriedad funciona como una recomendación literaria, aunque no guarde relación alguna con la literatura. El escritor desconocido debe convencer al lector de que merece su tiempo. El famoso solo necesita recordarle que existe. Y, si además dispone de una editorial poderosa, la conversación sobre la calidad de su obra puede esperar hasta después de la campaña de Navidad.

Un escritor con talento puede terminar hablando de política para que lo escuchen, mientras un personaje televisivo puede conseguir que lo lean gracias a que ya lo escuchaban.

Sería demasiado cómodo culpar a las cadenas, a los editores o a los escritores. El público participa encantado en el negocio. España conserva una vieja afición al cacique, al jefe de filas y a la obediencia sentimental, aunque ahora disfrace esas lealtades de pensamiento crítico. Ha cambiado el casino provincial por el plató, el periódico del partido por el algoritmo y la fidelidad al señorito por la suscripción al intelectual de cabecera. El mecanismo sigue siendo bastante parecido: encontrar a alguien que piense por uno y defenderlo como si fuera de la familia. Una parte considerable del consumo político consiste en escuchar a personas inteligentes confirmando lo que ya se pensaba antes de encender la televisión. Se reclaman intelectuales independientes siempre que su independencia no los lleve a disentir de la parroquia. Después llegan las lamentaciones por la polarización, con la misma indignación con la que un cliente habitual de un burdel podría denunciar la decadencia de las costumbres. España no ha dejado de buscar caciques. Ahora los prefiere con estudios, cuenta de X y una novela publicada.

En algún lugar de España hay ahora mismo un escritor corrigiendo por decimocuarta vez una novela que probablemente no leerá nadie. Quizá sea magnífica, quizá sea una mierda, pero eso parece cada vez menos relevante. Haría mejor en apagar el ordenador, elegir entre Sánchez y Abascal y empezar a anunciar el hundimiento de España. Si consigue una silla en televisión, dentro de unos años podrá volver a escribir novelas. Incluso puede que gane el Planeta. Para entonces, por supuesto, ya no tendrá tiempo de leer.

 

Si te interesa la relación entre el oficio literario y la imagen pública, puedes seguir con «Puedes haber leído a Dostoievski y ser idiota», «Escribir en Can Partit» y «La cinta que no lleva a ninguna parte». También puedes conocer mi libro Anatomía del hombre español promedio.

 

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