La utopía y el propietario

La utopía y el propietario

Esta mañana, bajando hacia Cala Salada y Cala Saladeta, he intentado imaginar la misma carretera hace cincuenta años. Sin la fila de coches de alquiler, sin teléfonos levantados buscando cobertura y sin la obligación de fotografiar el agua antes de entrar en ella. Quizá habría pasado una furgoneta castigada por el polvo, conducida por un payés que regresaba de trabajar, y detrás habría caminado algún joven extranjero con el pelo largo, una mochila y la convicción de que acababa de descubrir un lugar que llevaba siglos habitado.

Después, al llegar a Sant Antoni, la imaginación resulta más difícil. El tráfico, los hoteles y los anuncios de fiestas han convertido la antigua huida del mundo en una industria especializada en venderlo por noches. En Cala Gracioneta todavía puede encontrarse la postal: pinos, roca, agua transparente y esa luz que hace creer al visitante que Ibiza ha preparado el paisaje exclusivamente para recibirlo. Pero incluso allí cuesta olvidar que buena parte de la isla moderna nació del encuentro entre quienes deseaban escapar de la prosperidad y quienes llevaban generaciones intentando alcanzarla.

Los hippies llegaron a Ibiza buscando naturaleza, libertad y una existencia lejos de la sociedad de consumo. Los payeses poseían casas sin electricidad, bancales, pozos y una relación con la tierra bastante menos espiritual. El extranjero contemplaba la puesta de sol; el campesino calculaba si al día siguiente podría trabajar. Uno creía haber encontrado el paraíso. El otro sabía dónde estaba el pozo y cuánto costaba reparar el tejado.

Así comenzó una de las convivencias más improbables del Mediterráneo. Los hippies llegaban desde las sociedades industrializadas de Europa y Norteamérica para instalarse en casas payesas austeras, especialmente en el norte de la isla. Los habitantes locales los llamaban peluts. Entre ambos grupos había enormes diferencias de moral, costumbres y relación con el trabajo, pero se entendieron lo suficiente: los extranjeros necesitaban viviendas baratas y los propietarios obtenían ingresos por edificios rurales que la modernización estaba dejando atrás.

«El hippy pensaba que había escapado de la propiedad. El payés sabía que le había alquilado la casa.»

No fue el encuentro entre dos formas de pureza, como después lo explicaría la publicidad turística. El payés no era un ecologista primitivo ni un filósofo que hubiera elegido la vida sencilla después de leer a Thoreau. Conservaba las cosas porque sustituirlas costaba dinero y trabajaba la tierra porque debía vivir de ella. Una sequía no era una metáfora sobre la fragilidad humana, sino una mala cosecha. El hippy, en cambio, podía contemplar aquella austeridad como una liberación. Donde el campesino veía atraso, él veía autenticidad; donde el campesino esperaba una carretera, él celebraba que todavía no hubiera llegado.

Esta contradicción explica buena parte de la fascinación de Ibiza. Mientras muchos isleños aspiraban al frigorífico, al automóvil y a las comodidades modernas, los hijos de las sociedades más prósperas llegaban para prescindir voluntariamente de ellas. Los primeros conocían el precio de la pobreza; los segundos podían convertirla durante una temporada en experiencia espiritual. Resulta más fácil elogiar una casa sin electricidad cuando uno ha crecido sabiendo que la electricidad existe.

El malentendido, sin embargo, produjo algo fértil. Los recién llegados descubrieron la belleza de las casas payesas antes de que se transformaran en villas de lujo. Habitaron sus habitaciones, organizaron fiestas, cultivaron pequeños huertos y abrieron talleres de ropa, cuero, joyería y artesanía. A su alrededor aparecieron mercados, conciertos y espacios de encuentro que terminarían formando parte de la identidad internacional de la isla. Los payeses aportaron las casas, el territorio y un orden material acumulado durante generaciones. Los hippies trajeron conexiones, música y una nueva manera de mirar aquello que los habitantes de Ibiza empezaban a considerar viejo.

«Los hippies descubrieron la belleza de aquello de lo que muchos ibicencos trataban de escapar.»

Antonio Escohotado representa especialmente bien esa mezcla ibicenca de pensamiento, hedonismo e ingenuidad económica. En 1976 impulsó en una antigua casa payesa un espacio de música y experimentación que quiso llamar Taller del Olvido. Terminó llamándose Amnesia. El filósofo comprendía la libertad bastante mejor que la contabilidad y su proyecto duró poco bajo su dirección, pero el lugar acabaría convirtiéndose en una de las discotecas más famosas del mundo.

Es difícil imaginar una metáfora más exacta. Un pensador quería crear un espacio donde las personas olvidaran por unas horas sus obligaciones, su identidad y su posición social. El mercado escuchó la idea, eliminó las partes menos rentables y terminó vendiendo el olvido a precio de entrada. La antigua finca continúa dentro de la discoteca como el fósil de una especie anterior: la utopía sigue abierta, pero ahora dispone de departamento de marketing.

La contracultura no derrotó al capitalismo. Le proporcionó una estética, un relato de libertad y una extraordinaria campaña publicitaria. Ibiza convirtió la huida de la sociedad de consumo en uno de los productos más exitosos de la sociedad de consumo.

«La utopía continúa abierta, pero ahora tiene departamento de marketing.»

Sería injusto reducir a los hippies a simples impostores. Comprendieron que una vida organizada exclusivamente alrededor del trabajo, la respetabilidad y la acumulación podía convertirse en una prisión confortable. Reivindicaron el tiempo improductivo, la creatividad artesanal, el contacto con la naturaleza y el derecho a vivir de una forma que no hubiera sido diseñada previamente por la familia, la empresa y el Estado. En una época en que incluso el descanso debe fotografiarse y convertirse en contenido, algunas de aquellas intuiciones parecen menos ingenuas que urgentes.

Pero tampoco conviene convertirlos en santos con sandalias. Hubo drogas destructivas, comunidades fracasadas y una espiritualidad que a veces no era más que narcisismo con incienso. Algunos confundieron la oposición al trabajo alienado con la esperanza de que otra persona lavara los platos. La contracultura no abolió el egoísmo ni la irresponsabilidad: consiguió que durante unos años llevaran el pelo más largo.

La sociedad payesa tampoco era un paraíso perdido. Su continuidad descansaba sobre una disciplina familiar exigente, unas jerarquías rígidas y una vida que podía resultar asfixiante para quien no encajara en ella. Precisamente por eso la convivencia fue fecunda. El hippy sabía que no merece la pena vivir únicamente para producir y obedecer. El payés sabía que ninguna libertad dura demasiado si nadie mantiene la casa, cultiva la tierra y repara el pozo.

«La libertad necesita un lugar donde dormir y alguien que haya conservado el tejado.»

Hoy aquellas casas se han convertido en objetos de deseo internacional. La estética payesa decora hoteles y villas que pocos trabajadores de la isla podrían pagar. La ropa blanca se fabrica en serie, la espiritualidad se reserva por internet y la puesta de sol dispone de mesa preferente. El turista contemporáneo ya no pretende abolir la propiedad: quiere alquilar durante tres noches la apariencia de que podría vivir sin ella.

Tal vez aquella extraña alianza solo podía terminar así. Los hippies hicieron famosa una isla donde todavía parecía posible vivir al margen. Los payeses conservaron el territorio que hizo creíble esa fantasía. Después llegó el mercado, comprendió el valor de ambas cosas y las empaquetó juntas.

Los hippies creyeron que habían escapado del mundo. En realidad, estaban inventando uno de sus destinos turísticos más rentables. El payés probablemente lo sospechó antes. Por eso cobraba el alquiler.

La relació entre propietat, oportunitats i llibertat material també apareix a «Los mayores se quedaron con España».

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